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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 20
    Septiembre
    2011

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    Impuestos para pobres

    Las diez personas más prósperas de España –Amancios Ortegas, Koplowitzs, Florentinos y Botines– acumulan la riqueza equivalente a la renta anual de un millón seiscientos mil españoles medios. Dramatizando, suman tantos euros como diez millones de sus conciudadanos más desfavorecidos, y el margen se sigue ahondando. Se lo tienen bien merecido, así los unos como los otros, pero no suena muy democrático pregonar que una persona vale tanto como millones de sus compatriotas , según el inapelable criterio económico. Enmarcado el problema, hay que discutir con gran seriedad si los ricos deben aportar más a la caja común, y probablemente lleguemos a la conclusión equivocada.


    El argumento más famoso en contra de incordiar a los megarricos se refugia en que la recaudación sería exigua, en relación a las necesidades del fisco. De acuerdo, olvidemos por unas líneas a los opulentos, pese a su irresistible atractivo. Pensemos en un trabajador o pequeño empresario que debe pagar mil euros a Hacienda. Con esta cantidad tampoco se sufraga un aeropuerto en Castellón, y no puede compararse a la aportación de un magnate. Por tanto, prescindimos de ella. Y así sucesivamente, millones de veces. Se oculta que los pobres han de pagar impuestos porque no saben utilizar el dinero para enriquecerse.


    Desde Tucídides, "el fuerte hace lo que quiere y el débil hace lo que puede". Zapatero subió a la tribuna del Parlamento y bajó el sueldo a los funcionarios, medida que se hizo efectiva en la nómina siguiente. En cambio, el impuesto a los ricos se ha rumiado durante meses, pese a que se ha demostrado que su riqueza es impermeable y que no se filtra –el trickling down que predican sus defensores– hacia quienes son demasiado torpes para enriquecerse. Con el consumo languideciente, los potentados no compran en la tienda de la esquina. De hecho, más de la mitad del olimpo está ocupado por distribuidores a gran escala, campeones de la intermediación. Ni uno solo ha inventado un fármaco, una energía, un vehículo. Sólo se ocupan del dinero.

     

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