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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 20
    Enero
    2012

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    Imperdonable Garzón

    Los héroes de la trama Gürtel deploran que Garzón vulnerara su derecho a la defensa. Los muy vulnerables están a punto de conseguir que el juez sea apartado de la carrera a perpetuidad. Si no estuvieran mermados, conseguirían la deportación de todos los funcionarios que han participado en la investigación. Es un escándalo que el magistrado revoltoso grabara las conversaciones de Correa con sus abogados, pero no lo es que Correa omitiera efectuar declaración de la renta durante el aznarismo. En la era de la transparencia, deberían divulgarse las minutas de los exjueces y exfiscales que acusan a Garzón, para comparar las vulneraciones económicas.
    Nadie puede llamar a Garzón “uno de los nuestros”, lo cual debería ser una virtud en su profesión. No está al margen de la ley ni por encima de ella, pero su procesamiento por triplicado no encaja en la lógica, aunque sí en la envidia creativa. El Tribunal Supremo debate sobre pecados capitales, la vanidad no era un crimen. Mientras la persecución de la corrupción se estanca en juzgados infradotados y sobresaturados de trabajo, siete magistrados siete se enredan en un debate académico. O en demostrar a sus colegas de provincias que perseguir la corrupción les saldrá caro.    
    El primer juicio a Garzón recuerda a un comité de catedráticos de Ciencias de la Información deliberando sobre la presunta infracción de normas deontológicas, en la investigación del caso Watergate llevada a cabo por periodistas reales del Washington Post. El alto tribunal ha de decidir ahora si la humillación del juez díscolo se detiene en el banquillo, o si culmina en una condena. Cada una de estas soluciones empeora a su contraria. La absolución ridiculizaría al montón de juzgadores, y el mundo civilizado dejará de creer en la institución que castiga por triplicado al juez que en Pinochet acabó con la inmunidad de los déspotas, obligados a encargar informes jurídicos antes de emprender un viaje. Este artículo tendrá difícil venta entre quienes piensan que el Supremo actúa con independencia de la identidad del acusado. Ja.

     

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