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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 23
    Octubre
    2013

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    El rey ventrílocuo

    Felipe VI debutó como Rey el pasado 12 de octubre. Así constará en “nuestra historia milenaria”, a la que apeló en una expresión menos antigua que vieja. La coronación no batió marcas de audiencia. Por fortuna, dado que la resignación colectiva consolida el poder con mayor vigor que la euforia pasajera. La situación es tan insólita como si la Iglesia contara con dos Papas. A fin de tranquilizar a los nostálgicos, La Zarzuela desveló que Juan Carlos de Borbón contempló el desfile de la Fiesta Nacional por televisión, como si existiera la alternativa de que entretuviera la mañana festiva paladeando los últimos episodios de Breaking bad, teleserie a traducir por El rey está malo.

    Felipe VI habló en su coronación. Esta refrescante infracción del protocolo se marchitó al saber que el expríncipe se limitaba a leer palabras de su padre, aunque fuera sin tropezar con cada sílaba. La consideración de rey ventrílocuo no mejora la apreciación de Juan Carlos de Borbón. Por contra, consagra a su hijo como un monarca sin voz propia. Al tatuarle un discurso plagado de tópicos del siglo pasado y que no le pertenece, lo destierra al rango de actor. A partir de ahora, el nuevo soberano deberá precisar a cada intervención si habla por su boca o si está desempolvando un manifiesto de Alfonso XIII.

    La actualidad se somete a códigos feroces. En primer lugar, exige asumir el protagonismo sin sombra. Leer un discurso de papá “para celebrar lo que nos une” ahonda el abismo entre la monarquía y la ciudadanía. Las expectativas sobre Felipe VI, coronado de tapadillo, se ceban en una imagen que contrasta con las dificultades locomotoras de su progenitor. Sin embargo, las decisiones del nuevo Rey se llaman Letizia, Madrid’20 y un discurso impuesto. La docilidad excesiva conduce al disparate. A un monarca con guión ajeno le costará poner orden en un palacio caótico y desconectado de la realidad, donde hasta el fiscal general de La Zarzuela, Torres-Dulzón, se siente obligado a moderar su exceso de celo en la defensa de posibles corruptas.

     

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