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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 21
    Noviembre
    2012

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    El duque tendrá que trabajar

    Urdangarin es un empleado de la Casa del Rey y de Telefónica, dos empresas boyantes en medio de la tempestad económica. Esta envidiable filiación laboral satisfaría una ambición mediana, pero el duque insaciable y casado catapultó sus credenciales para extraer una fortuna a las administraciones públicas. Hasta 8,2 millones, según la soberana fianza que el fiscal acaba de solicitar. En su soberbia, el balonmanista que quiso reinar concluirá que es una suma en consonancia con el concepto que tiene de sí mismo. Sería denigrante reclamar unos míseros miles de euros a un imputado que se alojó en La Zarzuela y en Marivent, en las noches previas a su declaración ante el juez. De hecho, la cantidad amarrada en un cuatrienio equivale al sueldo que obtiene un asalariado medio en sólo cuatrocientos años de trabajo. Ahí radica la prestancia de los duques, cien veces por encima de los ciudadanos a quienes saquearon.


    Con el olímpico Urdangarin, la corrupción se viste de corto. La fianza no es una aportación, sino una restitución a la caja común. Una vez desembolsada la cantidad que acuerde el juez, y como tantos españoles en paro, el aprovechado deberá buscar cobijo en casa de sus padres políticos. En la peor de las hipótesis imaginables, que duele esbozar incluso por escrito, el duque y su esposa tendrán que trabajar. Su reubicación será más fácil que la colocación de los parados de larga duración que no cuentan con su currículum y antecedentes.


    Una vez establecido el camino de vuelta de los ocho millones, la curiosidad se desplaza hacia el viaje de ida. Se requiere una credulidad excesiva para aceptar que esa fortuna se amasó a espaldas de entes tan vigilantes como la Corona o el CNI. Al advertir que el chorro de millones manó de Valencia y Balears, pero casi se seca en Cataluña, se advierten las diferencias entre la estirpe de Matas/Camps y la de Maragall. Finalmente, cabría determinar por qué el Estado, que presume de sus mecanismos de control, se mostró mucho más generoso que los empresarios privados con el flautista de Urdangarin.

     

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