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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 21
    Febrero
    2012

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    El avisador de insultos

    Uno de los inconvenientes de internet es que no deja tiempo para leer, cuanto menos para agradecer, los insultos que te dirigen y a menudo mereces. Se mire como se mire, omitir el acuse de recibo es una desconsideración hacia quien se ha esmerado en explorar los fondos más recónditos de su creatividad, de donde ha extraído epítetos como “bastardo” o cosas peores. Dada la sobrecarga de la red, estas aportaciones literarias se extraviarían en un magma electrónico, lo cual desalentaría a sus autores a la hora de emprender nuevas ofensas. ¿De qué te sirve llamarle sinvergüenza a alguien, si no te oye?


    Por fortuna, la tradicional energía animal suple esta carencia mediante la invención del avisador de insultos. Este eficaz difusor de insidias se pone en contacto contigo en cuanto su olfato detecta que eres destinatario de un agravio. “¿Has visto lo que Fulano dice de ti en Twitter?”, o en cualquier otro foro de degradación de la convivencia. A continuación, y con objeto de disimular su imprescindible complicidad para que prospere el insulto, el avisador maldice la cobardía del autor de las presuntas ofensas. No suele confesarte, pero tú ya lo sabes, que previamente ha llamado al insultador para felicitarle por su coraje, con la rúbrica de “ya era hora”.


    Quién nos defiende de nuestros defensores. En ocasiones, el autor y el avisador del insulto funcionan con tal coordinación que recibes la notificación previamente a la formulación de la agresión verbal en cuestión. Antes de llamarte, el propagador se ha puesto en contacto con tu círculo de amistades, para que ninguno de ellos quede al margen del agravio. Y aunque su función se centra en la repetición del insulto y obvia la solidaridad, el avisador remata la faena con una exhibición de compasión hacia el dolor que no sientes, dicho sea con todos los respetos a insultadores y avisadores. La moraleja es doble y más antigua que internet. Nada nos provoca una satisfacción semejante al infortunio o incomodidad de los próximos. Y sobre todo, jamás nos libraremos de los intermediarios.

     

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