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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 25
    Septiembre
    2013

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    Cuántos Mirós faltan

    El concejal Fernando Gilet no distingue un Miró de un Toyota, por lo que preside la Fundación consagrada a uno de esos artistas. La ignorancia es la mejor aliada de la desvergüenza, así que el edil maniquí considera que ocultar durante dos años la desaparición de un cuadro a la sociedad constituye un mérito profesional, para su carrera política y para la directora de la Fundación. A la susodicha le alcanza, según la ley, la responsabilidad “de los fondos custodiados”, y se había ofrecido a dimitir en un amago de responsabilidad afortunadamente cauterizado. Si Elvira Cámara hubiera mantenido la mentira un año más, Cort le hubiera subido el sueldo por su incompetencia. Ustedes pagan el museo, los salarios citados y la prima del seguro de la obra extraída por lo que inexistente.

    A la farsa se suma entusiasta un tal Joan Punyet Miró, de profesión nieto de Miró. Por cierto, ¿cómo se llama el nieto de Cervantes y a quién le importa? Este erudito proclama en rueda de prensa que “estoy aquí en nombre de Joan Miró”. Entre invocaciones de ultratumba y enigmáticas desapariciones, habrá que rebautizar a la Fundación Espiritista Miró. No dudamos que el nieto podría pintar igual que su abuelo, pero su confianza ciega en la directora sólo empeora el hedor del tinglado. Hay que relativizar el peso de los genes y recordar que, cuando Miró le declaraba a Georges Raillard que “los mallorquines son tontos”, no hacía excepciones.

    Si Gilet administra la incultura de Cort y Punyet encarna a su abuelo, se abre la duda sobre quién representa a los contribuyentes. Y sobre todo, cómo pueden saber que no faltan más mirós, cuando los responsables ya les han mentido durante dos años y persisten en sus puestos con idéntico código ético. Generalizando, un mallorquín en posesión de una obra sustraída puede limitarse a restituirla dos años después y cuando ya ha sido sorprendido, en la convicción de que será aplaudido por políticos y policías. Siempre que le proteja la mafia del arte.

     

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