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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 07
    Septiembre
    2012

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    Cristóbal Serra, sin apocalipsis

    Si Mallorca fuera una religión, Cristóbal Serra sería su sumo sacerdote. Desde la encendida defensa del asno hasta su esoterismo cabalístico, el anciano profesor de inglés fue nuestro Canetti, un sabio luliano que evangelizaba el mar encrespado de su habitación. En un mundo diseñado para que la aventura vital sea rutinaria, exploró cerebralmente las hipótesis que veda la efervescencia de sus contemporáneos. Se ha muerto sin ver el Apocalipsis que conocía y guió mejor que nadie, tal vez su única frustración biográfica en su único momento de prisas.


    Un mallorquín auténtico jamás será famoso, esa patraña de los pueblos no elegidos. Serra es esencial para la isla en cuanto excéntrico, alejado de espumas y espumarajos. Detective del misterio, floreció en escritor raro tal vez a la fuerza, porque agradecía con generosidad neta la mención más liviana. Arrió cualquier rencor para enarbolar la perplejidad, el eco amortiguado de su trabajo le reforzaba en su acierto. ‘Segui il tuo corso e lascia dir le genti’, como predicaba el Dante reactivado por Carlos Marx.


    Serra es el desconocido perfecto de la literatura castellana, pero el anonimato que cinceló  con esmero no le impedía ser incómodo. Por ejemplo, al expresarse en la lengua equivocada, cegando el elogio de quienes sólo podían mascullar sus méritos para no incurrir en herejía. O al tildar de “ingenioso” a Bergamín para desactivarlo. Hay escritores que merecen un más allá, y la familiaridad de Serra con la imaginería cultural de la muerte permite que su desaparición del teatro humano le haya supuesto un simple cambio de habitación intelectual. Le ha llegado el momento de satisfacer la última curiosidad, de detenerse donde se entretuvo con erudición. El problema de la desaparición selectiva es para los restantes, porque se ha deshecho nuestra tranquilidad de que permanecía ahí, un pensador activo en el paraíso de los promotores inmobiliarios. Y como suele suceder en estos casos, desconfíe de quienes se proclaman sus herederos, vulgo imitadores.

     

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