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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 07
    Febrero
    2013

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    Corrupción sin palabras

    La cita más reproducida de los últimos tiempos lleva la firma de Marx, vaya por Dios. El tópico anuncia que la historia aparece como drama y se repite como farsa. Le encaja como un guante sobrecogedor a la corrupción que se ha enseñoreado de la marca España, porque la última fotografía del Financial Times muestra una imagen con la leyenda “Rajoy ladrón”, por fortuna en castellano en el original. Sin embargo, el análisis marxista confirma que los dramáticos cobros convierten a los perceptores en farsantes, llegada la hora de justificarse. Nuestra aportación postmarxista defenderá que la mofa de la ciudadanía es más dañina que las prácticas corruptas en sí mismas.

    Rajoy no ha desmentido todavía personalmente a su amigo Bárcenas. La omisión del tesorero en el discurso presidencial demuestra al menos la elegancia de una persona agradecida hacia su benefactor. Sin embargo, estas declaraciones espantan más que el latrocinio en la sede del PP, y espolean un ridículo internacional. Cabe culpar de nuevo a la pérfida prensa, que insiste en que se manifiesten los presuntos corruptos para agravar su situación.

    De Bárcenas y secuaces se sabe que todo es rigurosamente falso, excepto lo publicado. La ministra Ana Mato presume de que “no tengo nada que ocultar”. Esta desvergüenza empeora su continuidad, en un cargo para el que Rajoy la digitó con plena conciencia de los agasajos que había recibido la exesposa de un imputado de Gürtel. Todos los presuntos corruptos siguen tratamiento pagado en la sede del PP, porque Carlos Floriano –un personaje que por sí solo desacredita a un partido– dictamina que son “funcionarios” a quienes no se puede despedir. Crece la ira ciudadana, porque carecen de rango funcionarial y porque los populares gobiernan sobre cinco millones de despedidos. En fin, el presidente de Balears se resiste a publicar sus datos fiscales para no alentar “el cotilleo”. La farsa marxista se soslayaría si los afectados respondieran con un escueto “todo es cierto, ¿qué pasa?” El drama se quedaría a secas, y los cobros podrían continuar.

     

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