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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 12
    Marzo
    2013

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    Condenados a Mallorca

    Imagine que es usted un millonario alemán –y probablemente lo es, constituyen el target de esta sección–, que se ha comprado una residencia en Mallorca porque está de moda. ¿Y al día siguiente qué? Esta misma pregunta le planteé a mi tocayo prusiano, el hombre que más casas ha vendido a sus compatriotas teutones. Su respuesta estaba inundada de budismo zen:
    –¿Puedes imaginarte lo aburrido que es cortar el césped cada día?
    La visión ballardiana del magnate atrapado en su adquisición, se redondea al compulsarla con el destrozo paisajístico que su mansión conlleva. Ha comprado infelicidad al precio más alto imaginable, y la ha transmitido a su entorno. Su tortura no consiste en cortar el césped natural, sino en contemplar a diario cómo crece el césped artificial. Todos hemos experimentado una frustración similar a escala reducida. Cuando decidimos que odiamos Las Vegas, ya hemos desembolsado una pequeña fortuna por el viaje. La educación es cara.
      La lista inagotable de personas que se han instalado en Mallorca ha acabado por persuadir a los escépticos nativos de que su isla posee virtudes mágicas. Es falso, claro, y vivir en tu residencia mallorquina puede resultar tan esclavizador como ponerte el vestido de hace tres temporadas, que también compraste porque entonces era muy chic. Surge así la estirpe de los condenados a Mallorca, un gremio especialmente desolador en una geografía que se vende como reclamo de sí misma.
    El siguiente paso es el odio, y la reacción violenta contra el entorno. El bienaventurado eslogan “Qui estima Mallorca no la destrueix” peca de un  optimismo asfixiante. Por ejemplo, deja un amplio margen para la destrucción a cargo de las personas que desprecian a la isla, y que se sienten exentas del mandamiento. Dado que ya han pagado, interpretan además la pulsión destructiva como un derecho. Por tanto, cabe popularizar el eslogan “Quien no ama a Mallorca tampoco tiene por qué destruirla”, con lo cual se angostan las vías destructivas. Incluso me abarca a mí.

     

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