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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 27
    Enero
    2014

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    Coca-Cola no nos quiere

    Los empresarios que han decidido cerrar la planta de producción de Coca-Cola en Palma no pagan cuando consumen una lata del preciado líquido. Yo sí. Usted también. Encima, cuando nosotros pagamos, ellos cobran. La colonización del producto yanqui se compensaba mínimamente con la localización del embotellado. Ni eso, setenta trabajadores mallorquines a la calle. Más allá del análisis económico, es una desconsideración estética de quienes beben Coca-Cola gratis hacia quienes la costeamos. Aparte de un excelente broche a la tan cacareada mejor temporada turística de la historia de Mallorca. No da ni para el negocio de la marca más conocida y consumida del planeta. Los hoteleros se han quedado hasta el dinero de los refrescos.

    Me siento abofeteado por una empresa con la que he cumplido escrupulosamente los contratos de compraventa. De repente, el líquido me parece oscuro y tengo que olvidar mis superficiales conocimientos de química para degustarlo. Coca-Cola, colonización por partida doble, la de su origen y la que ahora nos enviarán embotellada en Bangla Desh. O en la Península, una realidad indiferenciada de la bangladesí gracias a la reforma laboral esclavista de Rajoy. La planta mallorquina era una cuestión de cortesía imperial, al margen de que cuesta entender el fracaso mercantil cuando los diez millones de turistas no sólo se emborrachan con cerveza.

    Apreciemos la ironía de que los asistentes a Fitur se calcen engendros ridículos para ver las playas que ya existen en la realidad, mientras Coca-Cola afirma que no es negocio calmar la sed mallorquina a domicilio. Por tanto, adiós al jarabe de fórmula misteriosa. Si quienes cobran por ella desean prescindir de nosotros, tal vez nos incitan a pagarles con la misma moneda. En mi caso, no dejé de beberla ni cuando me eliminaron de su concurso de redacción. Ya que me repudian como consumidor de sus productos, espero como mínimo que este texto supere los exigentes terminos de calidad de la prosa de la chispeante empresa que abandona Mallorca.

     

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