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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 28
    Septiembre
    2012

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    Adolfo Suárez, años ochenta

    En los años ochenta, se descalificaba universalmente a Adolfo Suárez como un frívolo sin visión de Estado. En los ochenta años recién cumplidos, se le agasaja con la misma unanimidad. Tuvo que blindarse del chaparrón de críticas que clausuró su carrera. Hoy está radicalmente aislado del aprecio de sus conciudadanos por la enfermedad.  Siempre se odia en presente, en tanto que el amor fructifica con más fuerza abonado por la nostalgia.  Y sin necesidad de recurrir a emplastos poéticos, alguien debió advertir a los analistas que un día tendrían que comparar a Suárez con sus sucesores.
    Durante sus cinco años en el poder, pretendió “elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal”. La frase que pronunció en su primer discurso televisado recupera actualidad, porque la calle ha vuelto a adelantar a sus instituciones representativas, así en Madrid como en Barcelona. A Suárez le animaba la urgencia de un cambio radical, y no le disuadió la convicción de que la transformación del país otorgaría el poder a sus adversarios ideológicos.
    Suárez no nació valiente. Conocí a través de su musa Carmen Díez de Rivera las interioridades de su mandato. Su círculo íntimo le llamaba “monseñor”, y mostraba una resistencia vaticana a los gestos audaces que ensalzan sus biógrafos. Sin embargo, cuando era prácticamente empujado a legalizar al Partido Comunista, navegaba con soltura en las tempestades que su decisión había desencadenado. Su arrollador poder de seducción hacía el resto. Quienes tuvimos la oportunidad de hablar con él a solas, conocimos su forma envolvente de halagar al interlocutor, mientras efectuaba una declaración de principios sin conceder uno solo de los puntos solicitados. No le han faltado imitadores, empezando por un Zapatero obsesionado con la figura suarista y que le calcó la autoinmolación multitudinaria. Sería impropio proponer el perfil de Suárez para la actual encrucijada, pero muy deficientes habrán de ser los futuros presidentes, para que en treinta años evoquemos con nostalgia al actual.

     

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