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Blog A tiro - María Elena Vallés

María Elena Vallés

Periodista de Cultura en "Diario de Mallorca". Comencé en "El Mundo-El Día de Baleares" en la misma sección. He colaborado en algunas ocasiones en espacios culturales de IB3. Twitter: @ElenaValles

Sobre este blog de Cultura

Este blog es en principio un recopilatorio de los artículos de opinión y análisis sobre la actualidad cultural de la isla que se publican los domingos en "Diario de Mallorca" bajo el epígrafe "A tiro". En la medida de lo posible, se actualizará con más frecuencia.


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  • 12
    Octubre
    2013

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    Maniobras en la oscuridad

     

    Son más antiguas que Matusalén las maniobras enemigas de la cultura practicadas en este país y en otros muchos con democracias mal irrigadas. Básicamente son operaciones que consisten en: 1) anular al cultureta librepensador; 2) menospreciar al que se pronuncia sin tapujos contra el grupo en el poder ante una situación de indefensión social, mala gestión o mal gobierno; y 3) en no pocas ocasiones, es el propio sector que se dinamita por torpeza o falta de autoestima. En una misma semana, la que hoy despedimos, los porrazos a la cultura han sido de la naturaleza número 2. Son análogos los dos ataques a los que me voy a referir: uno, el del ministro Montoro al cine español; y el otro, el de las instituciones locales al director de la Simfònica Josep Vicent. Para mí son situaciones gemelas: son claras respuestas dañinas y avisos con mala uva a una serie de posicionamientos críticos de profesionales prestigiosos, ejercidos en plena democracia, contra nefastas decisiones políticas. Asimismo, los aldabonazos disparados por ministro y consellers o concejales esconden una campaña de desprestigio con el fin de lavar, con un fuerte centrifugado, una execrable imagen que empieza a preocuparles, sobre todo cuando el último año de legislatura se les echa encima. Y es que los políticos quieren aplicarle la lealtad de partido —esa obediencia desgastada que deja un polvo pegajoso entre los dedos— a todo el mundo: en algunos sectores (los más subvencionados) es más fácil conseguirlo; en la cultura (el menos apoyado), no tanto.

    Porque, ¿se imaginan al ministro de Economía declarando indolente que los hoteleros ofrecen al turista unos servicios de baja calidad? ¿O arremetiendo contra los productores de vino? ¿A quién le cabe en la cabeza un gobierno poniendo a todo su ministerio de Defensa en contra de un sector nacional, el de la cinematografía, más reconocido fuera que dentro de nuestras fronteras? ¿Por qué querer hacer fosfatina a cineastas, actores y demás trabajadores del audiovisual, bajo mínimos en ayudas, cuando el gobierno ya ha subvencionado a quien quería hacerlo, es decir, a millonarios, dándoles amnistías fiscales? La respuesta es una: por ideología. Por ese odio ibérico al artisteo. O porque en 2004 el PP perdió las elecciones, quién sabe si en parte por aquel vocinglero y alborotador “no a la guerra”. Esta semana se han presentado muchos datos para rebatir a un arrepentido y descalificado Montoro, pero he echado en falta uno, fácil de conseguir aplicando contabilidad. España consta como el tercero en el ranking de países del mundo con más películas a competición en los Oscar en la categoría de mejor cinta de habla no inglesa, sólo por detrás de Francia e Italia. Así que, señor ministro, la Academia de Hollywood en bloque le desautoriza. La querencia de la mayor potencia del mundo por nuestro cine desmonta su mala baba y sus justificaciones por recortar la industria europea cinematográfica peor dotada económicamente —la nuestra— en los presupuestos del Estado. Pero es que el resquemor aún perdura. Y más cuando los actores son criaturas bellas, avanzadas, reconocibles, seres en los que espejear los anhelos y preocupaciones de la sociedad. Pero la brillantez, la libertad de ideas, la vanguardia de costumbres y pensamiento (y no digo que todos los cineastas ostenten estas cualidades) son los estigmas que arrastran nuestros artistas, que además de enfrentarse a la inestabilidad en sus carreras deben encarar el síndrome y la dolencia de “ser artista en España”. Perseguidos e insultados in aeternum.


    En cuanto al caso del maestro Josep Vicent, ¿cómo se puede acusar al director artístico de incumplimiento de contrato cuando la Simfònica ha estado parada (extraoficialmente no lo ha estado) y en huelga, cuando la orquesta incumple —forzosamente— la normalidad ante el recorte y la mala gestión, y está a la espera de que los políticos aseguren y asienten su futuro? ¿Cómo puede uno trabajar con normalidad sin una estabilidad en una formación musical que puede acabar con menos miembros? ¿Acaso no es normal y loable que un director de orquesta apoye y esté con los músicos, que son los que verdaderamente conforman la institución? Porque digo yo que ser leal a la institución es ser leal a los músicos y a la música, y no a la política. Juzgar a Vicent antes de que funcione de manera normal la Simfònica es torpe, injusto y no hará olvidar los motivos y causantes por los que se ha encallado la orquesta. Hacer circular una carta en contra de su persona en momentos delicados de negociación laboral y antes de que se apruebe la temporada es una estrategia irresponsable que persigue el divide-y-vencerás en el propio seno de los músicos. Acusar a Josep Vicent de lo que se le ha acusado (sin duda él lleva muchísimos meses trabajando en la temporada, también sin cobrar e incluso antes de que se le contratara oficialmente) clama al cielo y se desmonta con sentido común. ¿De verdad que la persona que hizo circular la carta en contra de Vicent y que la hizo llegar a los patronos del consorcio desea que la orquesta se salve y aumente sus ingresos? ¿Cuántos futuros abonados querrán “mojarse” al leer en los medios que un director es atacado por no cumplir con sus obligaciones supuestamente (sí, supuestamente porque la programación la ha ido anulando la gerencia hasta el 16 de octubre)? ¿Qué credibilidad tiene dicho ataque cuando son las instituciones —no el director, cáspita— las que han tenido a los músicos sin cobrar durante tres meses? ¿Cómo esperan que los ciudadanos se abonen religiosamente a una formación al comprobar que los gestores públicos son los primeros en desprestigiar a la orquesta?

    A Vicent no se le perdona su apoyo incondicional a los músicos y sus reivindicaciones, no se le perdonan sus opiniones, no se le perdona que trajera a Michael Nyman a Mallorca y que éste calificara de “obscena” la situación de la orquesta. No se le perdona su disidencia, su “deslealtad” de partido, su ambición artística, su estilo un poco starlet (¿y qué?, con bastantes fans en las redes), o que haya llenado los conciertos que ha dirigido. No se le perdona que esté dando a conocer la Simfònica como nadie antes lo había hecho (hola, ¿dónde había estado el ausente gerente?), aunque sea por una coyuntura adversa. No se le perdona que sea mejor, porque deja en evidencia al resto. No se le perdona que brille. Y epate al tiempo, aun con sus imperfecciones, porque quién no las tiene. Es cuando empiece la temporada y todo el mundo cobre con normalidad el momento en que se podrá juzgar al director con base, si es que hay algo que juzgar. De momento, hay maniobras orquestales en la oscuridad (como el nombre de la banda del hipnótico Enola Gay). Guerrillas que lo empañan todo. Quincallería y escandaleras tóxicas. Esperemos que los más adocenados y leales (igual algún envidiosillo) dejen trabajar a Vicent, responsable con su silencio en momentos de negociaciones delicadas para sus músicos. Y que todo el mundo cumpla con la cláusula principal de su contrato: elevar la orquesta a la estratosfera.

     

     

     

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