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Blog A tiro - María Elena Vallés

María Elena Vallés

Periodista de Cultura en "Diario de Mallorca". Comencé en "El Mundo-El Día de Baleares" en la misma sección. He colaborado en algunas ocasiones en espacios culturales de IB3. Twitter: @ElenaValles

Sobre este blog de Cultura

Este blog es en principio un recopilatorio de los artículos de opinión y análisis sobre la actualidad cultural de la isla que se publican los domingos en "Diario de Mallorca" bajo el epígrafe "A tiro". En la medida de lo posible, se actualizará con más frecuencia.


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  • 01
    Marzo
    2014

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    “Lo que escribo me sale triste”

     

    En el último lustro, Ana María Moix visitó Mallorca, como mínimo,  en tres ocasiones. En la isla dejó rastro de sentido común y un buen puñado de reflexiones.

    En verano de 2008, fue invitada por la organización de las Conversaciones de Formentor a participar en el ‘consejo de sabios’ que iba a dirimir acerca de la conveniencia de recuperar el premio internacional que hacía medio siglo había conseguido Borges. Acomodada en uno de los sofás de mimbre del hotel Barceló, comentó que “lo importante” eran las conversaciones, “premios hay demasiados”. “Si se recuperara el galardón, habría que evitar que la publicación de la obra recayera en una sola empresa”, advirtió, procurando disipar que un gran grupo editorial pudiera presionar e imponer ganadores por encima de la calidad literaria. “Si este foro de discusión vale la pena, ya se reactivará por sí misma la actividad editorial”, vaticinó aquella mujer desenmascarando a aquellos que vieron en Formentor un filón de negocio. Aquella tarde de agosto en la que el ‘consejo de sabios’ acató lo que dijo ‘la Moix’, ella compartía mesa con Cèlia Riba, Carme Riera y Silvia Querini (Lumen). Cuando hablaba en aquella terraza, lo hacía sin estrategia, soñando incluso en la posibilidad de que los encuentros versaran alguna vez sobre ecologismo. “Y podrían venir juntos Al Gore y Doris Lessing”, propuso con El cuaderno dorado oculto bajo un puñado de folios mecanografiados, corregidos a mano y con tachones.


    En noviembre de 2010, la recuerdo sentada en el interior de la librería Àgora, liándose un cigarrillo tras otro, como si no hubiera un mañana. En lugar de aire, cogía humo. Moix se reía al evocar las ocurrencias que le había dedicado Manuel Vázquez Montalbán en el prólogo de las Baladas del dulce Jim, cuya reedición iba a presentar aquella misma tarde. Le dedicó palabras a Castellet, “un señor con una inusitada capacidad aglutinadora de la cultura castellana, la catalana y las periféricas”, al PSC (afloró su desengaño) y a sus hermanos Miguel y Ramón. “Terenci siempre me decía que nunca llegaría a ser buena escritora porque no estaba comprometida políticamente”, compartió. “Por entonces, él leía a Sartre o Simone de Beauvoir, hasta que conocimos a Pere Gimferrer, nuestra biblioteca ambulante. Nos traía libros a casa y nos preguntaba qué era lo que nos había gustado y lo que no. Fue él quien nos dijo que no nos creyéramos eso del compromiso, que lo importante era el lenguaje. Tenía razón”, sentenció. Fuera ya del mundo editorial, se despachó a gusto con aquellos intelectuales de la gauche divine que “se habían bajado los pantalones frente a los nuevos gestores por dinero”. Y confesó que después de leer tantos malos manuscritos en casa, había vuelto a la novela del XIX, en concreto a Stendhal. Habló de la muerte y del más allá. “En la familia, l’àvia Moix practicaba espiritismo”. Discreta, posiblemente pesimista, no sabía explicar “por qué todo lo que escribo me sale triste”.

    En septiembre de 2012, repitió en Formentor. Su modestia y capacidad para no hacer ruido habían aumentado. Ya estaba enferma. Se estaba fundiendo a negro con su cabello tan blanco. Habló del infierno, del bien y del mal en ese nuevo orden mundial frente al que reaccionó escribiendo su Manifiesto Personal. Con la prensa, evocó también a Esther Tusquets. Aquella tarde Ana María Moix se nos hizo breve y elemental. Nosotros la quisimos antes de que se fuera para siempre.
     

     

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