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Blog A tiro - María Elena Vallés

María Elena Vallés

Periodista de Cultura en "Diario de Mallorca". Comencé en "El Mundo-El Día de Baleares" en la misma sección. He colaborado en algunas ocasiones en espacios culturales de IB3. Twitter: @ElenaValles

Sobre este blog de Cultura

Este blog es en principio un recopilatorio de los artículos de opinión y análisis sobre la actualidad cultural de la isla que se publican los domingos en "Diario de Mallorca" bajo el epígrafe "A tiro". En la medida de lo posible, se actualizará con más frecuencia.


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  • 11
    Mayo
    2013

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    Carne de gallina

     

    Puedes llevar muchos años viendo y analizando espectáculos teatrales. Puedes, incluso, haber escrito críticas de todo tipo de obras, ya fueran excepcionales o espantosas, o bien tratados sesudos, discursivos, o micro-ejercicios de entretenimiento. Puedes haberlo visto todo: shakespeares, Angélica Lidell, Iguana, Deu Cèntims, Trampa Teatre… También puedes haber pisado todos los teatros de la isla y sus múltiples escenarios imposibles (teatros politizados, nepotistas y defectuosos), algunos administrados calamitosamente por gentes profanas en artes escénicas que se creen que programar una obra de teatro de Chéjov es lo mismo que meter en cartelera una gala de fin de curso escolar, mejor si en ella participan los nietos y los sobrinos. A pesar de todas las depravaciones que haya podido sufrir el sector teatral balear, siempre que estás sentado en tu butaca y se apagan las luces se repite la misma operación sensorial: carne de gallina.

    Si nos descuidamos por estas tierras de palacios de congresos y auditorios vacíos –continentes huecos, caparazones cuyo eco nos devuelve una imagen de lo que hemos permitido en que nos conviertan: una sociedad banal y frívola–, si el sector escénico baja la guardia y se abandona a su suerte, el efecto que nos provoca el teatro (quiero decir, el gran teatro) podría diluirse tanto en Mallorca que estaría al borde de la extinción. ¿De qué efecto estoy hablando? De la capacidad que tiene el teatro de reconciliarnos con la vida. Porque el teatro es el espejo más orgánico, real e inmediato de lo que somos. Con el teatro nos vemos abocados al enfrentamiento y a la reflexión sobre nuestra sociedad y los problemas individuales derivados de pertenecer a una determinada colectividad. Con el teatro vemos la verdad. Un ejercicio de práctica necesaria porque venimos de vivir un fraude moral y financiero. Y, precisamente, el problema de ahora es que no nos dejan utilizar los teatros públicos a pesar de que éstos no ofrezcan programación a causa de los intencionadísimos recortes a la Cultura; y digo yo que algo de esto último que acabo de exponer tendrá que ver con estos impedimentos de acceder a los escenarios. ¿Está ocultando la verdad el poder? ¿Está cubriendo con una tupida tela –cual telón del más frondoso terciopelo– el espejo más poderoso en el que mirarse para contemplar las propias vergüenzas y defectos? ¿Se está evitando que el ciudadano critique y reflexione sobre la sociedad en la que vive? Yo creo que algo de esto hay.

    Sobre todas estas cosas, sobre los trabajos y los días de nuestros teatreros, conversaron el pasado martes en mesa redonda (cedida por Can Alcover y organizada por Cultura i País) el presidente de la Associació d’Actors i Actrius Professionals de les Illes Balears (AAAPIB) Joan Fullana, el crítico Javier Matesanz, el dramaturgo Josep R. Cerdà y el actor y gestor Carles Molinet. Precisamente, uno de los puntos en los que los cuatro ponentes coincidieron fue éste: las dificultades de acceder y usar unos teatros (hay excepciones, como la de Cerdà y su Víctor i el monstre, que hizo residencia en Calvià) que dan pena y tiritan de frío por falta de programación. Ejemplos: Matesanz se indignó cuando le comunicaron en el Teatre Principal que debía costearse las azafatas-acomodadoras de la sala de butacas; también denunció que algunos gestores de teatros municipales denegaran el acceso a las compañías a determinada hora o día de la semana por no haber un funcionario para encender la luz o sencillamente abrir las puertas. Fullana, por ejemplo, se refirió a la negativa del concejal de Cultura Fernando Gilet cuando la AAAPIB le solicitó el uso prolongado de uno de los teatros vacíos que administra. Molinet mencionó asimismo el rechazo por parte de Cort de una propuesta de externalización o del Catalina Valls o del Xesc Forteza para que las compañías locales los gestionaran. No, no y no. A todo no.

    Así las cosas, si el poder elegido democráticamente dice “no” a todas estas posibilidades de ofrecer teatro profesional  en los escenarios vacíos, ¿qué iniciativas piensan aportar nuestros prohombres de la política para llenar los teatros de teatro? ¿Con qué genial idea nos sorprenderán? ¿Acaso cree la concejalía de Cultura que nos hemos olvidado de que el Ayuntamiento es el único responsable de programar tres teatros? Y si un teatro está para hacer teatro, ¿por qué siguen algunos abiertos como si fueran monumentos inertes, testimonios de épocas pasadas? Si la administración es incapaz de activar estos edificios –más de año y medio de incapacidad en este sentido es una eternidad–, hay que entregar –sin condiciones entorpecedoras ni papeleos burocráticos– las llaves de los teatros a la ciudadanía, en concreto al sector profesional (compañías, asociaciones, ESADIB…). Una entrega de llaves a largo plazo que no debe efectuarse únicamente en momentos puntuales (como festivales o algún ciclo suelto), y que debe responder a un plan estratégico para las artes escénicas. De momento, parece que no hay intenciones de hacer algo parecido. Y así pasan los días, los meses, a dos velas, sin experimentar el escalofrío, el veneno del teatro, la carne de gallina.

     

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