M. ELENA VALLÉS
Javier Gomà, director de la Fundación Juan March, reconocía esta semana en una entrevista: "Hoy, todo poder corre el riesgo de perder su legitimidad si, además de en la ley, no se basa en la ejemplaridad". El ensayista bien podría venir a Mallorca para darle algunas clases a su homólogo en la otra institución privada de la familia, la que reúne el menguado legado de Bartolomé March Servera. En el Palau parece que se hace y se deshace con los bienes protegidos por la comunidad –cultura le llaman también–, mientras Presidencia, que ejerce el protectorado de las fundaciones autóctonas, centra sus esfuerzos en otro consorcio: el Institut Ramon Llull, una institución sin ningún tipo de sentido frente al Camp Nou, verdadero promotor de la lengua catalana. La eficacia está probada: miles de personas en el campo y millones de televidentes se quedan con el soniquete de la lengua de Ramon Llull al arranque de cada partido. El caso es que el tiempo gastado en cada viaje por el conseller Albert Moragues a Andorra, sede de la Fundación Llull, y a Barcelona, lo podría haber invertido en controlar un poco más los ires y venires de los legados culturales locales. Los muebles del Palau March subastados en Christie´s en los últimos meses, catalogados por la comunidad y probablemente inventariados, son señal de que nadie se atreve a lidiar en estas arenas. La mansión anda desvestida, a la vista está de cualquiera que pague los 3,50 euros de la entrada. Moragues sólo tiene que cruzar la calle para comprobarlo. Pero a veces los trayectos a pie se hacen más largos que en avión. Por otra parte, si hace averiguaciones, constatará que las piezas recién subastadas y protegidas por la comunidad ya estaban domiciliadas en Madrid. Y hacía tiempo. Que nadie culpe ahora al ministerio de Cultura por no avisar al actual equipo de Patrimonio del Consell sobre la intención de venderlas. Los nuestros ya no tenían jurisdicción. Los March cogieron el avión a la capital antes que Moragues. El pecado, la falta de ejemplaridad en este asunto, es sólo de los próceres locales.
Otro de los datos que nos llamaba la atención esta semana era la exangüe subvención que cada año recibe el convento de las Caputxines, un pequeño museo de artes decorativas en el corazón de la ciudad. Lo expresaré así: 18.000 euros anuales para restauraciones frente a los 300.000 que se llevan los cazadores de la isla. Algo absolutamente ejemplar.