MATEU CUART. PALMA.
Marcos Rodríguez Pantoja (Añora, 1946) pasó doce años abandonado en la sierra antes de descubrir en Mallorca la selva de la civilización. Maltratado por su madrastra y vendido por su padre por un puñado de pesetas, su destino a los siete años fue Sierra Morena, donde aprendió a vivir lejos de los hombres y al lado de los animales. Hoy, Marcos cuenta 63 años y reside en Galicia, al lado de un matrimonio que se apiadó de él cuando malvivía en Málaga. Su trágica historia se recogerá en un documental y llegará también al cine, en octubre de 2010, con Entre lobos, un filme de Gerardo Olivares protagonizado por Juan José Ballesta.
"Es una historia fascinante, de esclavitud en la época moderna", asegura Gabriel Janer Manila, autor de la tesis doctoral La problemàtica educativa dels infants selvàtics: el cas de Marcos (1979), en la que se basó para su filme el ganador de la Espiga de Oro de Seminci por 14 kilómetros. "Se lo llevaron a la sierra para que cuidara de un rebaño de cabras, porque había un pastor viejo al que tenían que cambiar. Estuvo un tiempo con él, fue su maestro, pero un día lo abandonó". Entonces, Marcos aprendió a sobrevivir. Sólo de vez en cuando, alguien se acercaba por allí para recoger los cabritos y dejarle algo de comida. Trabó amistad con los animales. En sus entrevistas con el antropólogo, al poco de llegar a Mallorca, relató que una culebra lo defendía, y que los lobos lo tenían por uno más de la manada. "Yo lloraba y se tiraban a mí dando saltos y me cogían los brazos con la boca hasta que yo reía; luego, me señalaban el camino hasta la cueva de ellos, la lobera", asegura Marcos. "La imaginación le salvó la vida", explica Janer Manila. "Todo lo que cuenta lo vivió, pero no es como lo vivió", aclara. La realidad fue mucho más dura.
La Guardia Civil lo encontró cuando tenía 19 años, cubierto con una piel, sucio y desconfiado. "Me llevaron a Lopera, a la casa de un cura joven, una casa muy grande. Allí me sacaron ropa, todavía llevaba la piel, las criadas me sacaron ropa, me bañaron, me metieron en una bañera y estuvimos comiendo, yo comí con ellos, pero yo no sabía comer con ellos, y a alguno le hacía gracia. Yo no sabía coger la cuchara, yo comía con las manos y con el plato, y ellos me enseñaron a cogerla", recuerda con un lenguaje deconstruido, propio de alguien que ha pasado una década sin casi articular palabra. Unos años después, tras pasar por el servicio militar, llegó a Palma. "Me trajo uno que me dijo que estaría muy bien en Mallorca. Y al día siguiente de estar en Mallorca me robó la maleta y todo el dinero que tenía", señala.
Corría la década de los 70. A Marcos le encontraron trabajo en el ayuntamiento de Palma, barriendo las calles de es Jonquet. Estuvo empleado también en bares y hoteles, y en los astilleros. Lo explotaban. A veces, ni siquiera le pagaban. "Una vez, le dieron un talón sin fondos. Él fue incapaz de entenderlo", recuerda Janer Manila. "Marcos no se sabe defender ante una faena. No comprende las leyes humanas, la ambigüedad de la gente, porque cuando tenía que aprenderlo estaba solo en el bosque". Tampoco era capaz de cumplir con ningún horario.
Pero no todo fueron experiencias amargas. En Mallorca también conoció el amor, y se acercó por vez primera al sexo. "Esto de mujeres hasta hace muy poco no me ha tirado. Ahora, cuando me he dado cuenta, pues sí", admitía Marcos en Palma. Las minifaldas de las turistas despertaron su instinto, aunque no lo tuvo fácil. "Las monjas con las que estuvo le habían dicho que a su novia no tenía que ponerle un dedo encima hasta que se casara. Él lo había aprendido con una ley natural, que aplicaba siempre de manera absoluta. Su chica se reía de él delante de sus amigos. Decía que no le gustaban las mujeres", asegura Janer Manila. "Eso le dolió mucho, y delante de ellos, le repitió el discurso de las monjas y le dijo que, si quería, le demostraba que era tan hombre como todos los demás. Ella no quiso y Marcos no lo pudo entender. Era incapaz de adaptar las normas de convivencia a la situación concreta".
Los meses venideros dieron al hijo de los lobos la oportunidad de desquitarse con creces. En Palma conoció a una mujer, y se acostó con ella. También se le insinuó la esposa de unos de sus amigos –"me voy antes de perder las amistades contigo", le dijo Marcos al marido–, y se le resistió una extranjera. "La ataque y ella me contestó que bambinos no. Y entonces yo no la ataqué más", rememora.
Marcos vivía en las hospederías en las que trabajaba, también en un apartamento alquilado. Dormía en el suelo. "Extrañaba la tierra, lo duro de la tierra. La cama era una cosa extraña para mí", explica. Sentía empatía con casi todo el mundo. "El único que es no es amigo mío es la persona que yo veo que está pegando a un animal, ahí ya me llevan los demonios", afirmaba, aunque su forma de demostrar el cariño era a veces singular. "Le tenía a menudo en casa, y jugaba muchos con mis hijos. A veces cogía a Tomeu por una pierna y pensaba que lo iba a matar", apunta Janer Manila. "Mientras estuvo aquí, siempre llevó una tarjeta mía. Aunque era una persona inteligente, Marcos tenía dificultad para vivir en un mundo que le resulta adverso. Me sorprende que haya sobrevivido", desvela.
Pero lo ha logrado. En Málaga, hacia donde partió tras una década en Mallorca, y donde el alcalde le consiguió una pensión, y más tarde en Galicia. Ahora, el hijo de los lobos volverá a la sierra en la ficción, interpretándose a sí mismo cuando, ya de mayor, se plantea regresar con sus hermanos los lobos. En realidad, nunca ha dejado de anhelarlo. Al fin y al cabo, apunta, "esta vida es más mala que aquella, pero mucho más".