M. ELENA VALLÉS. PALMA.
–¿Cómo conoció a Vicente?
–Yo tenía 18 años. Vivía en Bombay. Buscaba trabajo y encontré uno como secretaria del departamento de redacción en una revista política semanal. Un día el director del semanario me encargó entrevistar a un jesuita misionero que querían expulsar del país. Era Vicente.
–¿Qué recuerda de esa entrevista?
–Cuando redactaba el libro Un pacto de amor. Mi vida junto a Vicente Ferrer, quería escribir sobre ese capítulo de nuestra existencia y le pregunté a él de qué se acordaba. Me dijo que de nada. Igual que yo. Sí recuerdo que me impactó mucho. En dos o tres semanas dejé la revista y me uní a la campaña que demandaba su permanencia en la India.
–¿Dejó el periodismo por amor?
–No. Soy muy espontánea con todo lo que hago. No pienso las cosas mucho tiempo. Tomo las decisiones de manera natural, sin darles vueltas. La osadía que tuve de marcharme con él a Anantapur me sorprendió a mí misma. Cuando empecé a trabajar con él sólo tenía 21 años y sabía que era jesuita. Así que no veía a Vicente como un amor.
–¿Cuándo hablamos de pareja?
–En los primeros años del proyecto en Anantapur, muchos de nuestros voluntarios venían unos meses y después se marchaban. Y nos quedábamos únicamente Vicente y yo. Era normal que dos personas que se quedaban solas y juntas fueran a mantener una relación de compañeros y también de amor.
–¿Qué tal de marido?
–No sé cómo era de marido. No había tiempo. Trabajaba domingos y festivos.
–La peor situación que recuerda.
–Hubo un día de los dos primeros años que nos encontramos sin dinero. No teníamos para comer. A los dos días de esta situación extrema, nos llegó un cheque de donación de 200 dólares. Vicente siempre decía que la providencia estaba en un rincón, cerca de nosotros.
–¿Creía su marido en la sociedad actual?
–Vicente siempre decía: "No tengo fe en la sociedad actual, pero sí en las personas".
–Vicente no consiguió el Nobel de la Paz trabajando desde los poblados pobres y Obama lo consigue desde un despacho.
–A vicente no le dieron el Nobel de la Paz porque es un premio muy político. La selección del ganador depende de lo que está pasando en el mundo en esos momentos. Pese a ello, después de 150 años de abolición de la esclavitud en EE UU, los americanos, también los blancos, votaron a un negro como presidente. En este caso, tanto Obama como la población de América se merecen el Nobel. Si las castas altas de la India votaran a un dalit [indio sin casta] como su representante, se merecerían ambos el Nobel de la Paz.
–¿Es peor un dalit que una mujer india?
–Ellas son ciudadanas de segunda clase. A la mujer se la ve como madre y con virtudes como la paciencia. Nosotros organizamos talleres y conferencias mixtas sobre su inserción en la vida pública. En la propia fundación, intentamos tener mujeres indias que tengan cargos de liderazgo, para normalizar la situación. La presidenta de la fundación es ahora una mujer [se señala a sí misma con el índice].
–¿No hay mucho famoso que se aprovecha de las ONG´s para limpiar su imagen?
–Vicente pensaba que todo eso era útil también. Cuando venía de viaje a España, por ejemplo, decía que se sentía feliz. "Si aquí fueran pobres también, no podría ayudar a los indios. Qué bien que sean ricos", afirmaba.
–¿No denunciaba la hipocresía?
–No perdía el tiempo con esas cosas. Actuaba.
–¿Qué proyectos nuevos pondrá en marcha en la fundación?
–Vamos a continuar con todas las líneas abiertas por Vicente: construcción de viviendas, hospitales, apadrinamiento de niños. En los próximos diez años, trabajaremos un plan para erradicar la pobreza la violencia sexista contra las mujeres. Esto deberemos hacerlo junto a las autoridades y el poder judicial de la India. El último deseo en vida de Vicente era que pudiéramos poder construir un lugar para los adultos con problemas mentales que son abandonados por sus familias.