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Salvemos el Flexas

 
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M. ELENA VALLÉS El pulso humano del casco antiguo de Palma no lo ha recuperado ningún alcalde. Los que miran hacia otro lado cuando se les habla de esta cuestión saben que ha sido Pepa Charro la que ha tonificado los músculos de un centro que deliraba en aras de una vida inmobiliaria mejor. Su modelo de negocio en el Flexas se ha impuesto en una zona que no ha sucumbido a las franquicias. El establecimiento de la calle Llotgeta vertebra el barrio y ha creado en un par de años una comunidad de palmesanos aficionados a la cultura de tapa y caña. Sin pretensiones. Tanto es así que el diapasón lúdico de la Terremoto fue extendiéndose por el barrio chino y se abrieron más locales: Molta Barra, Bar Boya, etc. Y también llegaron vecinos nuevos: jóvenes de alquiler que conviven con residentes de toda la vida. Un barrio equilibrado, donde se compra, se trabaja, se sale de bares y se duerme. Y un atisbo de entorno cultural, similar al Raval, con librerías y teatros. Pero este edén alternativo al Paseo Marítimo peligra: a Pepa, quien también se ocupa de promocionar la isla invitando a su bar a amigos como Tristán Ulloa o Javier Cámara, se le complica la vida. Por nimiedades y por el férreo control sobre los flujos humanos que este ayuntamiento practica. Cort prescribe dónde se come, dónde se caga, dónde se copula.
Anteayer no había música en el Flexas. La de Alcorcón traía serio el ademán: "Una vecina me ha denunciado por ruido. Vino la policía y nos dijeron que, si volvía a pasar, nos precintarían el bar". Se tuvo que suspender la fiesta de Halloween. A nadie se le escapa que están marcando a Pepa –también tuvo inspección de la SGAE–, y que se ignoran las gentilezas que ella tiene para con los vecinos: sólo tres saraos anuales, cierra una hora antes de lo establecido en su licencia y echa la barrera los findes.
Tememos la muerte del Flexas. Los camareros contaban anteayer que la dueña busca otro local para abrir sábados y domingos con música. Bien, si convive con el bar del centro. Y mal, si recala en la cargante zona de ocio que el ayuntamiento ha escogido para nosotros: el Paseo Marítimo, el ribete palmesano en el que será más fácil conseguir una licencia de bar que hacer botellón.

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