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HEMEROTECA » |
CARLES MULET. PALMA Hace 45 años pisó la isla por primera vez, con El misterioso señor Van Eyck de Agustín Navarro. Desde entonces no ha dejado de venir, aunque "con menos asiduidad" de la deseada. Emilio Gutiérrez Caba (Valladolid, 1942), que ahora se viste con la sucia bata del Doctor Miranda, regresará al Auditòrium el próximo fin de semana, con La muerte y la doncella; un texto de Ariel Dorfan –dirigido por Eduard Costa– que "puede suceder, y sucede, en cualquier país que haya sufrido una dictadura".
Su personaje, un médico cómplice y practicante de torturas impunes, se reencontrará años después con una de sus víctimas (Luisa Martín), azarosamente la esposa del jurista (José Sáiz) que el nuevo gobierno democrático ha puesto a investigar crímenes del pasado. "La vida está llena de casualidades, de causalidades", advierte el actor.
–¿Qué puede aprender un actor veterano de un director novel?
–Existe una falsa idea respecto al aprendizaje de los actores. El director no tiene que enseñar al actor, ni nosotros a ellos. En una orquesta ocurre lo mismo, cada uno tiene su función, y la del director es dar instrucciones, reconducirnos, pedirnos más o menos velocidad, ritmo o dramatismo. El actor puede estar de acuerdo, o puede no estarlo, pero debe de tender la preparación suficiente para producir las acciones. Los directores que traspasan sus funciones, que convierten el espectáculo en una parafernalia personal para reforzar su ego, podrían dedicarse a muchas otras cosas, a vender embutidos.
–¿Cuál es el precio emocional que se paga por este papel?
–Es un personaje duro, que tiene una ideología que no comparto, aunque está muy bien construido y puedes llegar a quererlo. No es una persona antipática, ni asocial, incluso es jocosa, como deben ser los torturadores. Y eso es algo que me produce estupor, el pensar que alguien que pasa por tu lado en la calle y te sonríe puede ser un traficante de armas, o un maltratador.
–¿Qué es lo más difícil de interpretar a un torturador?
–Saber que hace cosas que van en contra de lo natural sin arrepentirse por ello. Los dictadores, como Pinochet, mueren en su cama, con algunas dudas como mucho. Pero no se arrepienten de nada.
–De torturador a torturado. ¿Es lícito apiadarse de él?
–Una actitud humillante siempre puede destapar la compasión de alguien, un cierto Síndrome de Estocolmo. Pero no creo que suceda con él, especialmente entre las mujeres.
–Dicen que se alejará de los dramas cuando finalice la obra.
–Es cierto que me apetece cambiar de registro. Muchos dramas son también tragedias, y te llevan a un estado anímico muy especial. En estos momentos se puede decir que quiero engancharme a respirar la brisa desde una terraza, son ya muchos años.
–Roman Polanski llevó al cine La muerte y la doncella. ¿Firmará por su liberación, como ya han hecho muchos de sus colegas?
–Firmaría por Polanski, pero como director. Las cosas hay que juzgarlas, y ser estupendo no debería exculpar a nadie. Entiendo que los cineastas que han firmado lo han hecho porque creen que el juez está más motivado por cuestiones derivadas de la doble moral americana que no por las ganas de hacer justicia. No voy a defender a Polanski a ultranza, pero un juez vengativo tampoco es algo bueno. La justicia, especialmente la norteamericana, a veces hace agua por todas lados.
–No le dieron sus Goya hasta el XXI. ¿Piensa que el reconocimiento le ha llegado demasiado tarde?
–Los reconocimientos nunca llegan tarde, y a mí no me han faltado nunca, algo muy de agradecer. Es posible que no se me haya utilizado hasta el fondo, pero no soy nada quejicoso. También podría hablar inglés, y estar en Hollywood, y no lo estoy. El mal de los hombres viene de las comparaciones.
–¿Y el abrazo oficial?
–El reconocimiento oficial, a nivel político, es algo más complicado, aunque un poco huérfano de eso sí que estoy. Digamos que no han fluctuado mucho a mi favor, pero a estas alturas no haremos hermosos a los feos, ni feos a los hermosos.
–¿Se hizo actor para no dar un disgusto a una familia de actores?
–Decidí dedicarme a la actuación porque si tienes cierta destreza, o si crees tenerla, hay que intentarlo. Me lancé de cabeza cuando entendí que nada es gratuito en esta vida, que nadie te regala nada, que los problemas para los actores profesionales eran los mismos que para todo el mundo. Mis padres sólo me dijeron que yo mismo, que ya sabía lo que era ésto.
–¿Y qué ha sido todo esto?
–Confieso que con el tiempo descubrí que el teatro y el cine son algo más que cine y teatro, que aprendí que la profesión va más allá de satisfacer a los que piensan que actuamos porque somos exhibicionistas. Las películas, incluso las malas, son un patrimonio cultural fundamental para el acervo de una sociedad, son importantes documentales de sus formas de vida o de sus paisajes. Son una lección magistral de historia. Meter bolitas en una portería distrae al país, nada más, mientras que la cultura es la que lo sostiene, y por eso hay que darle la importancia que merece.
–¿Qué echa de menos de su primera televisión, de aquel cine?
–Echo en falta a gente, es lo único. A acores como Fernando Rey, Fernando Fernán Gómez, a mi hermana Irene. También a los técnicos, que conseguían sacar lo mejor de nosotros con los pocos medios que disponían. Es cierto que aquella época fue entrañable en algunos aspectos, que era menos ruidosa, que no había Sida y que creíamos que el amor libre podía existir. Pero una democracia no tiene ni punto de comparación, nos ha tocado la lotería de nacer en Europa.
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