L. DURÁN. PALMA.
En lo viejo de Can Pastilla, la plaza fue tomada por las encajeras. En las mesas, tarta de Santiago, rosquillas y empanadas gallegas. Medio centenar de mujeres se aprestaba sobre el mundillo par dar fe de que sus manos han aprendido el difícil arte del encaje de bolillos.
Invitadas por el Centro Gallego de Mallorca, instalado en la isla desde 1992, su presidenta María del Carmen González, señalaba con alborozo el eco alcanzado en la isla. "Cuando llegamos no había nadie, y ahora ¡ya ves cuántas alumnas tenemos!" De todas las edades y los municipios de Mallorca. Eso sí, ningún hombre. Sigue siendo una artesanía reservada a las mujeres.
Sobre el mundillo, una especie de cojín del que sobresalen unos palos para engarzar los hilos, la plantilla va siendo agujereada conforme el paso de los bolillos. El trenzado de figuras y motivos va acompasado al ritmo de las manos volanderas de las encajeras o palilleiras como se las conoce en Galicia. De Costa da Morte a la isla de la Calma, la labor de encaje de bolillos se distingue de una lado en el tipo de hilo empleado. Mientras en tierra de naufragios es más fino, en la isla se sirven de algodones de mayor densidad.
Las encajeras o palilleiras se adaptan a los tiempos y ahora ya no sólo bordan cortinas y manteles sino que también realizan pendientes, fajines de adorno para faldas y pantalones o cenefas que colocan en alpargatas de esparto.
"El encaje de bolillos está resurgiendo, pero requiere mucha paciencia", advierte González Moreno, palilleira desde pequeña.
La organización tanto del Centro Gallego de Mallorca como de la Asociación Balear de Bordados celebraron el éxito del encaje.