CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Es difícil creer que exista alguien aún en Europa, alguien interesado en la ciencia al menos, que ignore que en este año de 2009 se está celebrando el aniversario de Darwin. Tampoco caben dudas acerca de que cualquier ciudadano con un cierto grado de cultura sabrá que la razón por la que se recuerda, urbi et orbe, al autor que fundamentó la biología actual es la de que nos brindó la mejor interpretación de que disponemos acerca de la diversidad de las especies. Otra cosa es conocer en detalle cuál fue el mecanismo explicativo de Darwin –el de la selección natural–, y más aún el saber qué concepto de especie manejo el descubridor de su proceso de evolución. De hecho, los sucesores de Darwin –es decir, todos los científicos que forman parte del nutrido árbol de las ciencias de la vida– han discutido no poco acerca de cómo aparece un nuevo tipo de ser. Es difícil que dejen de hacerlo en muchas décadas.
En enero de este año de celebración de Darwin, la revista Science publicó dos trabajos acerca del descubrimiento de sendos genes, uno de ratón, Prdm9, y otro, GA19777, Overdrive, de moscas de la fruta –las drosófilas tan comunes en los laboratorios de genética–, genes que se ocupan de cerrar las barreras destinadas a impedir el cruce entre seres de distintas especies. En la medida en que el concepto más común de especie se basa en ese aislamiento reproductivo, en el coto cerrado que toda especie establece impidiendo que aparezcan híbridos fértiles, el hallazgo de genes capaces de llevarlo a cabo supone dar con un mecanismo básico de la reproducción y, por ende, de la clave acerca tanto de la aparición de nuevas especies como de protección del patrimonio genético de las ya existentes.
Frente a la idea muy común del aislamiento geográfico como elemento primordial para la evolución de nuevas especies, los cambios en esos genes podrían suponer un camino mucho más rápido para que una selección positiva darwiniana las lograse. Eso no quiere decir en absoluto ni que se hayan descubierto ya los mecanismos completos de la formación de las especies ni que las barreras, como puedan ser cadenas de montañas o ríos, hayan perdido su papel en la especiación. Pero confirma que el padrecito Darwin estaba, en muchos aspectos esenciales de la dinámica de la vida, en lo cierto.
No hace falta invocar fuerzas sobrenaturales para que aparezcan nuevas especies, ni son éstas inmutables y eternas. Algo tan simple y a la vez tan magnífico como una mutación genética puede dar lugar a ratones y moscas antes inexistentes. Por no hablar del muy parecido mecanismo que dio paso, hace siete millones de años, a la aparición de un nuevo simio sorprendente, peculiar, en cierto modo absurdo, capaz de caminar erguido sobre sus pies –sin utilizar las manos a tal respecto–, que con el paso de mucho, mucho tiempo se convertiría en eso que llamamos ahora un ser humano.