CARLES MULET. PALMA.
La ´locura´ de Toni Llabrés (Establiments, 1954) es el conjunto en sí mismo, una colección de discos que supera los 15.000 vinilos. Y que "cada semana", desde que la iniciara hace cuatro décadas, suma algunos más. "No es la más grande", matiza inicial y modesto, derivando a las que atesoran algunos de los colegas melomános con los que gusta compartir cenas, música y conocimiento. Con todo, su recopilación es suficiente para dejar en evidencia a Emules, Spotifys y derivados, logros de una era digital que carecen del romanticismo y la historia que emana de su vintage tocadiscos Luxman.
La colección de Llabrés no cabe en una fotografía. Ni siquiera en una casa, repartida en dos, 3.000 vinilos aquí, 12.000 allá. Las peticiones, en cualquier caso, resultan satisfechas en ambos hogares. Imposible pillarle. Desde los Beatles a los Stones, Kinks o Animals; en todos sus años y formatos, rarezas, anécdotas y colaboraciones. De Pink Floyd a Nancy Sinatra o Kevin Ayers y su Deià..vu. De Lionel Hampton a Charlie Parker, Django Reinhardt o un B.B. King del 54, su ejemplar más antiguo; generoso, también su rincón de jazz. De Obus a Ramoncín; infinito el menú patrio. Por supuesto, The Hollies –"mis favoritos"– o música clásica. Y proyectos mallorquines, una "especialidad" que le ha permitido adquirir y catalogar "más de 250 grupos entre los 60 y 80; y no están todos". Por poner un 5% de ejemplo: Los Z66, Beta Quartet, Mustangs, Pops, Craters, 5 del Este, Los 4 Ros, Romantic Boys, Los Alamos, Siurells, The Runaways (con y sin Mike), Telstars, La Granja; Los Javaloyas o Los Brujos. Consecuencia, no descarta escribir un libro sobre ello, "nuestra historia a través de su música".
"Un disco te lleva a otro, y el otro a otro". Llabrés señala aquí el mecanismo de una ´adicción´ que tiene ordenada alfabéticamente y que en su caso no da pie a cometer imprudencias con el talonario. Él, que respeta a los que cometen "la barbaridad" de pagar 1.000 euros por un vinilo, prefiere tirar de mercadillo asequible –"no pago más de un euro"–. O de stock grandioso, a precio de saldo, como el de casi 4.000 ejemplares que consiguió cuando Radio Mallorca se trasladó a La Vileta y decidió deshacerse de su catálogo musical.
"No creo en los críticos, no me fío de ellos, prefiero escuchar yo la música. Por culpa de algunas críticas me he llevado malos rolletes". Toni Llabrés se sabe su mejor consejero, amén de sus amigos. El camino seguido entre un disco y otro está plagado de más discos, una telaraña musical que teje a su gusto y ritmo desde que un accidente de coche le obligara a un descanso y aburrimiento puntual que decidió matar con la música recién veinteañero. "Ya tenía una treintena discos, de los Mustang, o de los Javaloyas, y me puse a buscar los que me faltaban", una empresa que le atrapó.
Aunque "más rockero y más ´stoniano´" que otra cosa, Llabrés no le hace ascos a nada, especialmente a lo anterior a los 90. Aquí, y tras prometer que ha escuchado "todos mis discos al menos una vez", reflexiona en voz alta: "Es posible que la buena música de hoy sea mejor que la de antes, pero se puede coger con pinzas. Ahora, de cada mil discos hay uno que vale la pena. Antes la proporción era de nueve de cada diez". Entre las excepciones, enseña y deja escuchar a dos de sus favoritas: The Spongetones (Beat Music) y The Tell-Tale Hearts.
Aprendiz de pianista, que lo dejó pronto, lo suyo es escuchar. También en directo, aunque más cuando era mozo, aún frescos en su cabeza los conciertos del Barbarella. "Pasaba más gusto viendo a los grupos desconocidos", reconoce, de los que también conoce su historia. "Cada grupo, cada portada, la tiene", un conocimiento igualmente adictivo, del que Google no puede presumir tanto como él.