CAMILO JOSÉ CELA CONDE
La presencia en España de Harald zur Hausen, premio Nobel de medicina del año 2008, no ha pasado desapercibida. Zur Hausen recibió el galardón por un trabajo aparecido treinta años antes, una investigación en la que se relacionaba la aparición de tumores con las infecciones víricas y que permitió desarrollar la vacuna contra el virus del papiloma humano. En ocasiones, los hallazgos científicos –sobre todo aquellos que conducen a alguna terapia novedosa– tienen una vertiente ideológica importante; se vuelven dianas para los movimientos sociales a favor y en contra del uso del nuevo medicamento. Así ha sucedido con la vacuna del papiloma, encaminada a evitar algunos de los cánceres de cérvix en las adolescentes. Es más que probable que las décadas transcurridas entre el hallazgo de zur Hausen y el reconocimiento por parte de la Academia sueca tenga que ver con ese fenómeno social que ha surgido ahora.
Pero lo que quería resaltar en esta columna dedicada al comentario de logros científicos se refiere no a la vacuna en sí sino al artículo original del profesor que ha dirigido hasta hace poco el centro alemán –DKFZ– de investigación del cáncer. En una entrevista concedida al diario El País, zur Hausen ha recordado que cerca de un 21 por ciento de los procesos tumorales tienen un origen infeccioso. En ocasiones, los virus agresores incorporan oncogenes al organismo al que infectan, y son esos oncogenes los responsables directos de la aparición del cáncer. Pero el virus del papiloma humano actúa de otra forma. No agrega ningún oncogén a nuestro ADN, que se sepa. Lo que hace es interferir los mecanismos mediante los que se produce la muerte programada de las células, la apoptosis, dando lugar así a una catarata de células malignas que no mueren. Aparece el tumor.
Los trabajos de zur Hausen se añaden a otros muchos que investigan los cambios en los genes reguladores, cambios que en ocasiones llevan a las enfermedades cancerosas. Se sabe que los retrovirus como el HIV que causa el sida actúan de esa misma forma: obstruyendo los mecanismos naturales de la muerte celular; de ahí que quienes padecen la plaga moderna del sida tiendan a sufrir tumores muy serios. Pero el aspecto más dramático de la relación virus-apoptosis-cáncer puede que esté en el aspecto esencial de la muerte como envés de la vida. Sin la apoptosis, los organismos degeneran hacia una condición en la que su existencia se vuelve imposible. Sin muerte, no hay vida. Esa verdad profunda, que parece propia de las filosofías orientales, pone de manifiesto el papel de cada organismo individual como un eslabón menor de la cadena que importa, la de la sucesión de generaciones –de progenitores que dan lugar a descendientes– a la que llamamos vida. El ser individual no cuenta; sus células infectadas y rebeldes, tampoco. Células e individuos han de desaparecer para que permanezca la vida de la especie.