Teatro. Albert Boadella/Dramaturgo, Director de Els Joglars, Actor
CARLES MULET. PALMA.
Albert Boadella (1943) nació en la misma Barcelona con "toque provinciano" de la que terminó "autoexiliado" en 1970. A punto de cumplir 50 años –de teatro– acaba de montar La Cena, una sátira que no soporta "la impostura, la frivolidad y el catastrofismo" desde los que las administraciones tratan las cuestiones de medioambiente. Els Joglars –en el Auditòrium de Palma del 8 al 10 de octubre– dispararán también sobre su pronosticable "público progre", que ha destruido un mundo "políticamente correcto" para construir otro bastante parecido. España, escenario de la obra, acoge la ficcionada cumbre internacional que debe cambiar el mundo. O no.
–¿Es un pesimista?
–Para nada, tengo un enorme sentido del humor. Veo cosas que no me gustan, pero lucho contra ellas de la manera más optimista posible. Sería un pesimista si no hiciera algo al respecto, pero no me resigno ante nada. Tengo una idea bastante ecológica de la existencia humana, el placer no puede existir sin dolor.
–¿Son Els Joglars tan polémicos o el país es muy susceptible?
–Veo natural todo lo que nos ha pasado. El problema es que plantear la realidad siempre es duro para la gente, genera ciertas tensiones y algunos se mosquean. Preferimos la fantasía. Nos han llegado a llamar fascistas por esta obra, por reírnos de ciertas ideas ecologistas, pero no es exactamente así, y somos cualquier cosa menos fascistas. En La Cena nos reímos de la facilidad que tienen las generaciones progres para convertir en religiones determinadas ideas, cuando antes se han dedicado a la destrucción sistemática de las religiones oficiales.
–¿Qué aporta La Cena al currículum de Els Joglars?
–Els Joglars nunca ha hecho un teatro para que la gente se ría de los que están fuera de la sala, siempre hemos buscado la trasgresión dentro del propio público, con nosotros mismos. La Cena dispara directamente sobre el progresista, muy habitual viendo nuestras obras. Es una sátira sobre las generaciones que han girado las cosas con una idea trasgresora sobre lo que es políticamente correcto, para terminar otra vez en lo políticamente correcto.
–Critica la visión catastrofista que se nos da del mundo. ¿No cree que sin ella no espabilaríamos?
–Los políticos siempre actúan con un determinado interés. La minoría lo hace de buena fe, y los demás han encontrado un discurso de cara a su clientela que les funciona bien. Detrás de la visión catastrofista hay mucha impostura. Científicamente, por ejemplo, la demostración de que los humanos estamos destrozando el planeta es, cuando menos, dudosa. Los artistas tenemos la obligación de mostrar un realidad al margen de las corrientes mayoritarias, desde la personalidad y la libertad.
–¿Cuánta libertad se pierde por ser el director artístico de los Teatros del Canal madrileños?
–Jamás habría aceptado el cargo si hubiera tenido alguna condición. Nadie me ha dicho que debo hacer, y me parece lógico, pues cogerme a mí para eso son ganas de tener problemas. Mis condicionantes están a otro nivel. Trabajo para un teatro público y debo complacer al público. No puedo programar lo que sólo me gusta a mí, y no siempre coincido con las obras, aunque estén muy bien hechas.
–¿Se ha sentido alguna vez utilizado por Madrid?
–Cuando uno es un personaje público es muy difícil no sentirse utilizado, por unos y por otros, pero con Madrid tengo una relación extraordinaria. Es una gran ciudad, muy abierta, donde nadie te pregunta de dónde eres, donde no hay elementos de mística nacionalista. En Madrid siempre me he sentido, y me siento, muy bien. Todo lo contrario que me ha sucedido en Barcelona, que es una gran ciudad en número de habitantes, pero pequeña en cuanto a miras. Tiene un toque provinciano que me molesta. Cataluña está muy condicionada por el elemento étnico, y cuando los sentimientos traspasan a la persona para convertirse en públicos pueden ser vilmente manipulables; es exactamente lo que ocurría durante la dictadura franquista.
–¿Els Joglars sí funcionan en democracia o Boadella es Boadella?
–Hombre, soy el más viejo de todos, y tengo 49 años de experiencia. Es lógico que me tengan un respeto profesional, y las ideas, generalmente, son mías. Pero una vez en la sala de ensayo me gusta jugar con los actores, me gusta que improvisen, que construyan sus personajes. Es una obviedad decirlo, pero el teatro siempre ha sido un arte colectivo.
–Assun Planas comenta que poca gente la ha tratado tan bien.
–Nosotros guardamos un recuerdo muy entrañable de ella, de verdad.
–¿Programas como Polònia confirman que los catalanes ya han aprendido a reírse de sí mismos?
–Es complicado hablar de los catalanes de una manera genérica, porque los hay con mucho sentido del humor y los hay muy sectarios, incluso racistas. Sí que hay una cosa que se ha extendido, que es un cierto silencio. Polònia es un programa muy bien hecho, pero si se analiza se ve que en el fondo tiene unos objetivos políticos muy claros, que está en una televisión pública que controla muy bien el mensaje que se quiere dar. Es un producto pensado para que pueda ser digerido incluso por los nacionalistas.
–¿De qué manera le ha influido Shakespeare?
–Shakespeare es un gran animal del teatro, uno de los más grandes, que se pueden contar con los de dedos de una mano. Pero yo he aprendido más de Beethoven que de él. La estructura de una obra, el ritmo, las variaciones de un tema o la manera de retenerlos, para dejarlos escapar, está directamente más clara en los grande compositores que en los mejores dramaturgos.
?LA CENA? ELS JOGLARS
Auditòrium de Palma (Sala Magna).
Del 8 al 10 de octubre. A las 21.30 horas.
Entradas: 28 euros.