DPA. SAN SEBASTIÁN.
No importó que amaneciera lloviendo a cántaros, con una barba algo desaliñada y gafas de sol, Brad Pitt firmó ayer autógrafos a los cientos de fans que esperaban impacientes ante el hotel María Cristina y, sonriente, siguió saludando después entre los gritos de quinceañeras a su llegada al Kursaal, el centro neurálgico del Festival de San Sebastián.
Entre risas y denotando una enorme complicidad con el director Quentin Tarantino, ambos presentaron Inglourious Basterds (Malditos Bastardos), que compite entre las perlas de la sección Zabaltegi.
Pero aunque no opte a la Concha de Oro y su estreno en San Sebastián coincida con el estreno en las salas comerciales españolas, el público de la ciudad vasca agotó las entradas a los 20 minutos de que salieran a la venta. Y la expectación que se respiraba en la ciudad ante la llegada de Pitt tan sólo es comparable con la que desató, hace dos ediciones, el premio Donostia Richard Gere.
"Rodar con Tarantino es divertidísimo", dijo Pitt durante la rueda de prensa. "Es pura energía, no para de moverse, es imposible dormirte en el rodaje". El director de Pulp Fiction tampoco escatimó en halagos hacia el actor que encarna al teniente Aldo Raine, jefe de la unidad de judíos "bastardos" estadounidenses encargada de matar a tantos nazis como sea posible.