Entrevista. Gabriel Marcomini/Actor
CRISTÓBAL RIPOLL. PALMA.
Gabriel Marcomini (Buenos Aires, 1974) se autodefine como un juglar, un idealista que sueña con conectar mediante el teatro con cuantas personas pueda. El actor está estos días inmerso en la representación de ´Heberto´ El Inventor –miércoles de septiembre en Sa Botiga de Buffons, C/Vall d´Argent, 29–, obra que cuenta la historia de un solitario obsesionado con encontrar la fórmula alquímica de la felicidad.
–Heberto se pasa toda la obra buscando la felicidad. ¿Tan difícil es sortear la tristeza?
–La felicidad es revolucionaria e imprudente. Para mí, ser feliz no es sólo cuando reímos o estamos alegres. Es la vida misma, cuando te atreves a seguir tus sueños y a disfrutar de lo bueno y de lo malo.
–"Disfrutar de lo malo para ser feliz". ¿No es una contradicción?
–La miseria y los momentos trágicos de la vida sirven para que uno entienda qué es la auténtica felicidad. Yo encontré la risa en uno de los momentos más tristes de la vida, cuando mi papá estaba falleciendo. Pese a la tragedia me pude quedar con todo lo que compartimos. Nuestros abrazos, broncas, miradas, silencios… Poder retener todos esos recuerdos es maravilloso.
–Con la forma que tiene que mezclar el drama y la alegría, el mundo le parecerá una tragicomedia.
–Creo que vivimos en un mundo incoherente acorde a nuestra incoherencia. Lo que es seguro es que si vives una obra cómica siempre habrá un momento en el que tendrás que pasar por el drama y viceversa. Lo contrario sería insostenible.
–Usted se considera un juglar pero, ¿no se habían extinguido?
–Es cierto que el juglar es una figura en vías de extinción, pero sigue habiendo mucha gente que sigue románticamente afrontando las adversidades con un teatro independiente, con una compañía pequeña, sin apoyo ni subvenciones.
–Entonces, ¿qué diferencia hay entre un juglar y un actor?
–Depende de si tú quieres llevar tu obra a la gente o si quieres hacer la obra y que la gente venga. Esta segunda parte es la que está siendo más común últimamente. La gente hace una obra, una producción mayor, mayor escenografía, más linda estéticamente… pero se pierde poder llegar a la gente que normalmente no podría acceder al teatro.
–La obra está dedicada a dos de sus héroes, Da Vinci y el titiritero Ariel Bufano. ¿Qué le gusta de ellos?
–El romanticismo por el cual guiaron sus vidas. Pero no un romanticismo de película, sino uno quijotesco, de esos que te lleva a seguir fielmente tu determinación, sea cual sea, aunque choques con molinos.
–¿Es la búsqueda de Heberto la de un gigante con pinta de molino?
–Heberto es un personaje por cuyas venas fluye romanticismo. Esta sólo, pero aún así vive obsesionado con encontrar la felicidad para todos, pensando que para que este mundo tenga sentido hay que encontrar la felicidad.
–Un romántico a la búsqueda de la felicidad… ¿Es Heberto el reflejo en el espejo de Gabriel Marcomini?
–Ambos buscamos lo mismo, aunque por suerte yo no estoy tan solo (risas). Como Heberto, creo que hay que apostar por los sueños de cada uno, encontrar tu objetivo en esta vida y no dejarlo nunca.
–Hablando de vocaciones, comenzó a estudiar teatro a los ocho años. ¿Tan joven y ya sabía que quería ser actor?
–En realidad mis padres me metieron en el teatro porque yo me negué a hacer doble jornada en la escuela…Y creo que a día de hoy todavía se arrepienten (risas). Para mí fue lo más lindo que me pudo pasar, pues descubrí que la brújula de mi vida era el teatro.
–Y en cambio abandonó los escenarios durante dos años.
–Es verdad. A los 24 años me harté del conservatorio en el que estudiaba arte dramático porque en ese lugar no hay tiempo para el alumno y lo que importa es la técnica. Y para mí el arte es todo lo contrario. La técnica debe servir como un instrumento que nos permita actuar mejor en vez de ser lo más importante.
–¿Y a dónde fue sin su brújula?
–Me retiré a la Patagonia, a la cima de la montaña, en un lugar donde ni un juglar podría llegar…. Y si hubiese llegado creo que directamente le hubiese pegado un tiro.
–Espero que no fuese un juglar quien le sacó de la montaña.
–En esa época yo vivía odiando el teatro, aislándome de todo. Pero un día vino a verme una amiga y me preguntó si alguna vez había actuado. Traía consigo un guión que era malísimo pero que me memoricé en un par de días.
–¿Y a partir de ahí dejó de odiar la farándula?
–Exacto. Abandoné la montaña y volví al teatro. Y es que cuando uno tiene sueños, cuando uno vive apasionado, puede hacerse el distraído un tiempo, pero luego algo revienta en tu interior y vuelves a enamorarte de tu sueño.
–¿Qué le llevó de la cima de aquella montaña a vivir en esta isla?
–Mallorca es el lugar al que pertenecezco. Mi patria son los seres humanos que me conforman, los que quieren crear un mundo mejor.