Concha Velasco. Actriz
CARLES MULET. PALMA.
Concha Velasco (Valladolid, 1939) se viste de madame desde hace ocho meses. Ex-prostituta judía, la Rosa que ahora interpreta regenta un parisino hostal que da cobijo a los hijos de las cortesanas del mismo suburbio; mucho mejor con ella que iniciándose en el oficio. Lección de tolerancia, la relación casi maternal y filosófica que allí establece con Momo, un joven árabe (Rubén de Eguia), conduce La vida por delante, una tierna historia de marginados que el Auditòrium subirá los próximos 18 y 19. Adaptación de la novela con la que Romain Gary ganó el Goncourt en 1975 –bajo pseudónimo de Emile Ajar– cuenta con la dirección de Josep Maria Pou, un buen amigo que ha hecho sudar a la actriz, y mucho, en los ensayos.
–¿Concibe que un actor no tenga su mismo "miedo a no gustar"?
–Hay que gustar a los demás para ser feliz, y hacer todo lo posible por conseguirlo. Yo salgo a conquistar cada día, y después soy de las que llora de alegría con cada "bravo" del público. No trabajo para vivir, vivo para trabajar, sobre todo para el teatro, una raíz en mi vida.
–Se la nota demasiado feliz.
–¡Es que soy vieja, pero no soy tonta! España vive un momento crítico, con la Cultura de hermana pobre y el fútbol llenando estadios, y nosotros tenemos una gira de un año, algo difícil de conseguir. También estoy feliz porque he aprendido a no ver, a no leer, según qué maldades. Tengo poca vida por delante y no quiero que nadie me la amargue, no más disgustos. Las cosas malas no quiero saberlas. Tampoco necesito algunas verdades, a no ser que tengan solución. Mis hijos, mi hermano y mi nieto son mi sangre, lo demás no tiene importancia.
–¿De verdad tuvo que convencerla Josep Maria Pou para hacer de Madame Rosa?
–¡Si fue al revés!, es algo que se ha entendido mal. Pedí que la dirigiese él, porque me impresionó como trató La cabra, de Edward Albee, una obra tremenda que también empieza divertida e irónica para cambiar a drama. Josep Maria al final aceptó, pero me devolvió la papeleta con unos ensayos muy duros.
–¿Qué le cuesta más sobre el escenario?
–Los diez primeros minutos, el tiempo que tarda el público en reconocerme en el papel de la anciana que tienen delante. Hasta que no hablo no se dan cuenta de que soy yo.
–La obra – "denuncia al racismo y al materialismo y reflexión sobre la vejez y la soledad"– sigue actual. Mal vamos.
–Por desgracia. La novela, maravillosa, es de obligada lectura en los institutos franceses. Educa a cada uno en sus creencias y las respeta todas, como hace Rosa, que habla como una abuela que delante tiene a sus nietos.
–¿Es cierto que España maltrata a sus artistas más veteranos?
–No estoy de acuerdo. Aquí, al igual que en Francia, se nos quiere muchísimo. El único problema es que cada vez hay menos papeles para nosotras, y para un señor siempre los hay.
–Entonces, es un oficio machista.
–No es sólo el oficio, y no sólo ocurre en España. El machismo está en la vida, o en la literatura. De una mujer sólo se pueden contar ´historias de una ninfómana´, lo demás interesa poco. Nosotras siempre tenemos que estar guapísimas, con cirugía si hace falta, algo que mi cabeza amueblada no me ha permitido. Soy consciente de la edad que tengo, de que soy mayor y de que fui guapa. Pero también soy consciente de que lo sigo siendo, y de que hecho cosas maravillosas como actriz.
–¿Por qué no vamos a ver cine español?
–No vamos a ver ni el español ni ningún otro, me parece un tópico horrible. Como le ocurre al americano, exceptuando las grandes películas, nuestro cine de consumo no encuentra su sitio porque la televisión es más rápida que él. Tampoco hay dinero para hacer grandes cosas; Enemigos públicos es maravillosa, pero con lo que cuesta uno de sus planos casi puedes hacer una película aquí. El cine español, además, ha tenido una campaña terrible desde el ´No a la guerra´. Y la piratería no ayuda mucho.
–¿Un fracaso en televisión es más justificable que en otros formatos?
–No, es un fracaso igual, aunque se le quiera llamar de otra manera. Cuando un programa no funciona es porque no ha gustado, no porque lo hayan colocado en mal horario. Yo tuve uno grandísimo, con Mi abuelo es el mejor (2006), del que sólo se emitieron tres de los cuarenta programas previstos. En esta profesión uno tiene la sensación de que le contratan para siempre...
–¿Tenemos la televisión que merecemos?
–Tenemos una televisión con mucha oferta, aunque más bien ´baratilla´, espantosa, con algunas excepciones buenas. Lo que tiene que hacer el espectador es no verla, o seleccionar.
–¿Qué no le interesa de ella?
–No veo programas políticos, porque unos y los otros me irritan y me ponen del mal humor. Tampoco programas de corazón, que siempre han existido porque a todos nos gusta saber de los demás, pero que ya no te cuentan lo que hace la reina de Inglaterra, sino cómo mea.