M. ELENA VALLÉS
La hiperactividad es la válvula de escape para la frustración. Y no hay ministerio históricamente más fallido que el de Medio Ambiente, al que no le queda otra que actuar desaforadamente para justificar su letargo ante la destrucción del litoral. Digo esto porque durante 2008 la Demarcación de Costas en Balears, vinculada a dicho ministerio, puso en Mallorca un total de 142 multas por quebrantar la ley. Buen ritmo considerando que a las playas sólo se va durante los meses de verano. Para cotejar, nos faltan aún las sanciones aplicadas por los ayuntamientos, que como mínimo doblarán esta cifra.
La mayor parte de esas multas se refiere a pequeñeces: instalaciones ilegales no cementosas y populares como nuestros chiringuitos, y las acampadas. En algunas playas españolas, los municipios están castigando con penas de hasta 1.800 euros conductas como fumar (en L´Escala de Girona), hacer el amor (en Tossa de Mar), jugar a la pelota o poner la toalla a menos de seis metros de la orilla. A la inútil persecución de la venta ambulante, se le suma la del servicio de masaje de las chinas, a quienes se espanta con una escueta negativa. ¿Nos enervan realmente estas situaciones? Cuando es así, una simple comunicación con el causante de la molestia pone fin a la misma. Pero, ¿a quién podemos pedirle que derriben los ladrillos del litoral, o que nos devuelvan la arena de algunas playas, que ya no pringa los pies y los deja como si hubiéramos estado en una obra pisando material de construcción?
Medio Ambiente, subalterno de Urbanismo, o el consistorio deberían olvidarse de los comunes mortales y decretar más medidas proteccionistas. Se me ocurre Formentor, donde algunos vecinos se oponen al nuevo Plan General que rebajará la edificabilidad de la zona y hará perder valor a sus casoplones, como el de Alfonso Cortina, un chaletarro que algunos ya no ven "tan grande" y "que ha sido integrado en el paisaje con la incorporación de un jardín que elimina cuaquier impacto visual". Riámonos: los jardines se usan ahora como atenuantes.
Así las cosas, indigna que nos prohíban jaranas como la Nit de l´Auba, que sólo se festejaba una vez al año en la playa de Can Picafort, y trasladen el sucedáneo a un polideportivo cementoso. La suciedad de la costa es la excusa más barata que conozco para suprimir el festival. A la sazón, nos cuadró más el chantaje de los hoteleros, llorones ante las amenazas de no retorno de los turistas. Cabrea que nos tomen el pelo.