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HEMEROTECA » |
Eva Barro García
Compañeros
Lo engendraron por desidia y lo toleraron como un error. Se fue criando, una especie de mascota a la que bastaba con ponerle comida y dejarle un hueco por las noches. Los ejemplos domésticos fueron poco recomendables.
A los cinco años aprovechaba cualquier ocasión para patearle las espinillas a Miguel y la connivencia de una maestra deleznable reforzó su conducta violenta aprendida en casa. Empezó a paladear el poder y la fuerza.
En sus once otoños se erigió cabecilla de banda y por costumbre torturaba a Miguel, cuya supervivencia escolar fue un milagro de sufrimiento y resistencia que nadie remedió. Él navegaba satisfecho en la silenciosa ley de la insolencia.
En su decimoséptimo mayo, tras repetir varios cursos y muchos enfrentamientos, logró salir del colegio. Hacía ya tiempo que había perdido de vista a Miguel, quien, el mismo mes que a él lo expulsaron por la enésima gamberrada y con el agravante de la edad, se graduaba como bachiller con honor y cicatrices añejas. Libre de la escasa autoridad del ambiente escolar, se disponía a triunfar en el mundo tras haber asimilado la eficacia del avasallamiento para imponer su respeto. Aún no sabía que la indiferencia es peor que el odio.
Al cumplir veintitrés, había intentado vivir, con el resultado de varios despidos, bastantes deudas y muchos vicios, además del convencimiento de que lo suyo no era trabajar. Empezaba a sospechar que algo había equivocado en su camino.
Antes de los treinta, fue detenido, por fin, y maldijo su suerte. También Miguel soltó un exabrupto cuando se lo asignaron de oficio y paladeó la venganza por un momento, pero pudo más el profundo hábito de prudencia y una dependencia excesiva de la callada resignación ante las circunstancias. Renunció al caso.
Seis años más tarde, un joven juez levantaba su cadáver, víctima de un ajuste de cuentas. Al firmar el informe, a Miguel ni siquiera le temblaba el pulso.
Joan Moyà Borràs
El viaje atenuado
El motor de mi viejo coche y el corazón de mamá se pararon para siempre la misma semana. Ella había pedido que lanzáramos sus cenizas al mar en Porto Colom. Durante días mantuve la urna en su cuarto, como si durmiera, sin decidirme a desprenderme de ella, pero ese jueves cogí el autobús y metí la cajita en una mochila para evitar curiosidades.
Después de un trayecto monótono, saliendo de Llucmajor observé el autocar pararse tras unas breves frenadas. El conductor bajó diciendo con acento mallorquín "un momento, sale humo detrás. No se preocupen", juntando esas frases de forma natural. Entonces dejé de pensar en mamá. El chofer, acosado después de una tensa hora, hizo el descacharrante ofrecimiento de llevarnos a treinta por hora para no calentar el motor. Un pequeño grupo aceptamos para su asombro, entre ellos mamá y yo. Evitando la carretera principal le propuse una ruta por secundarias. Dejé a mamá detrás y le acompañé delante. Quedábamos una pareja mayor, unos guiris desorientados y tres mujeres de Felanitx. La tarde pasaba lentamente y apreciábamos el paisaje de Migjorn en cinemascope, pasándonos quelitas e incluso fumando. Llegamos sobre las siete. Rafel, el chofer, insistió en invitarme a una caña. Despidiéndonos, viendo su mal día, le revelé el motivo de mi trayecto. Enrojecido me pidió formalmente si podía, por no dejarme a solas, acompañarme. Caminamos hacia s´Algar, hablando de la fragilidad de la vida y de los motores. En silencio, a las ocho, llegamos al mar. Me acordé de mamá en las épocas de su vida. Respiré hondo y le mandé un beso. Al mar, donde estaría a partir de entonces. Mi compañero, haciendo gestos demasiado solemnes, restó dramatismo a la situación. Los hechos importantes se ven acompañados por actores secundarios sorprendentes. Después de su despido, me llamó varias veces. Accedí a quedar esporádicamente, pero después de estos años, y de casarme con su hermana, vivimos a tres calles y nos vemos a menudo.
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