TOMEU FRONTERA
El hipnotismo es una técnica muy usada para tratar dolencias psicológicas como la ansiedad, las fobias o las adicciones. Los que lo prueban pueden dar fe de su efectividad, pero ¿qué pasa cuando se usa en un espectáculo? En el Café Barroco se celebró el martes una actuación del hipnotista German Rehermann, así que decidí verlo en acción.
Amor hipnótico. Tuve ocasión de hablar con él en persona. Rehermann fue mago antes que hipnotizador, y lleva doce años practicándo la hipnosis, seis usándola en shows. Entre sus anécdotas, destacan dos completos desconocidos a los que hizo enamorarse mediante hipnosis, los cuales acabaron como pareja estable. Después de hablar con él, el artista se paseó entre las mesas seleccionando a los voluntarios, tres señoritas: Laura, Irene y Divina, las cuales usaría para nuestro divertimento.
Un, dos tres... Constantinopla. Tal como explicó Rehermann, la hipnosis no puede controlar la voluntad de la persona. Las chicas fueron inducidas a muchas cosas: Laura a mover las piernas de forma compulsiva cuando él chasqueaba los dedos. Irene a olvidar su propio nombre. Divina a notar un sabor picante y desagradable al fumar. Sin embargo, no logró, por ejemplo, hacer olvidar el número 6 a Irene, aunque sí que se durmiera al pronunciar la palabra "Constantinopla". Con Laura logró también que entrara en catalepsia: quedó suficientemente rígida como para sostener todo el peso de Irene, colocada con la cabeza y los pies en sendas sillas. La verdad, merece la pena verlo en vivo.