Nacho Albert Bordallo
Crónicas narcolépticas
Recuerdo aquellos días en que me sobrevenía el sueño fortuitamente. En el metro, en la cola del banco o en un concierto de rock me atrapaba con sus confusos tentáculos. Entonces lloraba de alegría y anegaba ciudades enteras. Yo era el máximo responsable de los diluvios, deshielos y desbordamientos que acaecían en el mundo de los sueños. Súbitamente se abría la puerta que me conducía al cuerpo de mi difunta esposa y el torrente de mis lágrimas adquiría mayor virulencia. Cada ángulo suyo era un cine de verano donde proyectaban una tórrida película. Yo era el hombre doliente que menguaba, se descolgaba por la comisura de sus labios y transitaba por las curvas de Emmanuelle, arrellanada en su sillón de mimbre. O por la piel broncínea de Catherine Tramell; y yo en onicofágica espera de su delicioso cruce de piernas a riesgo de sentir en el cuello el beso mortal de su punzón de hielo. O el portero de noche que, apostado en un seno turgente, guardaba con recelo las cavernosas puertas de su corazón. Su ombligo era la trinchera donde aguardé agazapado más de nueve semanas y media. En su pubis ralo se cocía a fuego lento el imperio de los sentidos. Y más allá, mi miembro se convertía irremediablemente en el cartero que siempre llamaba dos veces. Después despertaba sobre la barra de un pub, en un soleado hall o en un andén atestado y entrañaba gran dificultad enjugarme las lágrimas. Pero hoy no. He amanecido en mi jergón y en el espejo del techo una inmensa sonrisa cruza mi rostro. De pronto no tengo la sensación, cada día tan ordinaria, de ser víctima del desconsuelo. Por la ventana se filtran los primeros rayos de la mañana cuando un lívido brazo de mujer me envuelve cálidamente. A pocos centímetros yace dormida mi esposa y respiro aliviado. En este preciso instante ya deben de estar celebrando mi funeral y apenas me importa.
Laura Alcázar Garrido
Mi amigo invisible
Describir a una persona que es invisible es tan difícil como pintar un cuadro sin pincel, y es que un pintor que se embadurnase las manos de pintura para crear su obra sería tan poco fiable como un escritor que te acaba de presentar a su personaje invisible y pretende convencerte de lo atractivo que es. Y no es que yo no conozca de sobras a mi amigo invisible, sino que al no haberlo visto nunca, tal vez me estoy creando una idea equivocada de él, como el internauta que le compra un ramo de flores a una joven alta, pelirroja y de tez propia de algún país del norte que responde dulcemente al pseudónimo de Nadiuska, para acabar dándoselo a la Juani, humilde plebeya que solamente con tacones consigue superar la altura límite para montarse en el Dragon Kahn, aunque desgraciadamente se queda en tierra por no existir una instalación adecuada que soporte su peso. Mi amigo invisible es tan reservado como alegre, tan observador como impaciente y tan inteligente como mentalmente indecente. Su gran defecto es su incapacidad de aceptación de derrota, pues si en ocasiones yo llevo la razón, va el mundano y se larga sin que lógicamente yo pueda seguir su rastro para acabar siendo el vencedor de la conversación. Lo que sí sé a ciencia cierta de él, mi amigo invisible, es que comenta de mí que soy demasiado testarudo, pues me empeño en presentárselo a mis más allegados a pesar de que sé lo tímido que es. Pero es que me apena que sólo yo pueda disfrutar del punto de vista de una persona que afirma que todos deberíamos hacer como él e ir desnudos a trabajar y a los demás actos sociales, por incoherente que ello resulte para nosotros, pero como bien me comenta él en la intimidad, no es más incoherente o estúpido que el que empieza una descripción utilizando, entre todas, la palabra más obvia: describir.