CARLES MULET. PALMA.
"Ahora que el tiempo ha pasado y he dejado de lado la competición, que veo más claro, que escucho mejor, doy gracias por haber llegado hasta aquí". Lo escribió Enrique Bunbury, y lo canta un Raphael, que disfruta sexagenario de una cuarta juventud que sube al escenario como si tuviera treinta menos. El sábado, ante cerca de dos mil personas, volvió a gozarla ante un Palma Arena entregado; aunque menos lleno de lo debiera. Rozó las tres horas su concierto de 50 aniversario musical, como había prometido torero, aunque sin exagerar lo más mínimo. Al mismo buen exceso, ojo, sólo se atreven Leonard Cohen y Bruce Springsteen.
Con el Cantares de Serrat quedó inaugurada la velada, con un Raphael en plan caminante que se arrancó sin ayuda de sus músicos. Los fieles incondicionales –son las palabras más exactas posibles– le recibieron de pie, una postura constante en una noche que tuvo mucho de liturgia. Seis minutos le duró la pieza, continuada con Ahora, los versos ya citados que Bunbury le cedió; que no son los primeros ni serán los últimos, muy íntima y prolífica su amistad. "Te maldigo sin querer y es que te quiero a mi pesar...", continuó Don Juan el de Linares, con La noche, una mítica que fue recibida como tal. Y que destapó el inventario de cantos al amor y desamor, ese que monopoliza sus directos y que tan bien sabe melodramatizar un cantante que, se intuye, debió vivirlos En carne viva.
Dado a la charla narcisista –permitida y celebrada por sus creyentes– Raphael gusta de intercalar momentos tiernos en sus conciertos. "Parecía tremendamente difícil, pero aquí están mis primeros 50 años sobre el escenario". Él solito resumió así su trayectoria, recordando que nadie le ha regalado nada. Nunca. Envalentonado, siguió con Somos ("un sueño imposible"); Mi gran noche (himno setentero propicio para el revival); Cuando tú no estás y un Desde aquel día con final más que apoteósico.
Digan lo que digan, fue la siguiente. Y el titular de una noche salvaje y generosa, aunque sin sorpresas de carne y hueso. Huérfano de Alaskas o Bisbales, Raphael optó por el dueto nostálgico y electrónico; primero con la voz e imagen de Rocío Dúrcal (Como han pasado los años), casi al final con la otra Rocío, Jurado (Como yo te amo), dos momentazos –de los que ponen la piel de gallina– que provocaron lagrimita sincopada entre un público intergeneracional. No faltaron tampoco las palabras otrora cantadas por Alejandro Sanz (La fuerza del corazón), Joaquín Sabina (50 años después) o Frank Sinatra (A mi manera). Ni la rancherita mexicana (Volver), o ese flamenco amanerado que se cantó Gavilán, alegrando su impoluto ropaje negro con el escarlata y gualdo de un capote torero. Imprescindible para que todo sonara auténtico, una banda que el jienense no presentó, con sección de vientos (trompetas y trombón), percusión y batería, piano, contrabajo, bajo y guitarra.
Y, claro, llegó el Escándalo, para empezar la cuenta atrás de una noche donde la palabra adquirió protagonismo y generó chascarrilos en el Palma Arena. Más necesarias, como Qué sabe nadie; Frente al espejo (con numerito y rotura incluida); Adoro; Para volver a voler (sin micro, poderosa su voz); Hablemos del amor o Yo sigo siendo aquel. El bis –la canción que sumó 35 y acercó el show a los 180 minutos– rescató el auténtico Yo soy aquel , que sonó fugaz y le permitió marcharse con una sonrisa coqueta y satisfecha.