ELENA VALLÉS
Malos tiempos para la lírica, dicen muchos. Y malos tiempos para los libros, añadiremos. El escritor Manuel Rivas decía el otro día que "en tiempos de crisis, la primera víctima es el lenguaje". Su declaración iba por otro lado, pero también cabe aplicarla a la actual situación editorial: bajadas en las ventas de ejemplares, ergo merma de títulos para el próximo otoño. Sin embargo, lo que más le alarma a uno es saber que el número de novedades por publicar aún podría ser mucho más bajo. Y si no lo es, es porque la tijera guillotina por otros lados. Reducir la producción, aunque la calidad disminuya, es lo último que los editores se plantean. Nadie quiere desaparecer del mercado.
Me cuentan que en Barcelona los grandes grupos editoriales ya han empezado a externalizar los servicios de corrección de textos, que cobran miserias auténticas. A los lectores ya no se les asegura que el libro que van a comprar y degustar haya pasado por los ojos de profesionales licenciados, motivados y mínimamente bien pagados. En algunos volúmenes de cosecha reciente, esto ya se ha dejado notar: Els homes que no estimaven les dones de Stieg Larsson (Destino), amén de estar traducido directamente del inglés y no del sueco, contiene errores sintácticos bochornosos que un corrector con unos sólidos conocimientos en gramática habría detectado. Pero, claro, los libros tienen que salir en los plazos convenidos y al precio que sea.
Si continuamos por esta senda y en Navidad el regalo estrella es el soporte de e-book, prosperarán las dificultades de los intermediarios tradicionales de la cadena editorial. El cambio tecnológico es caro, pero si funciona, será muy rentable. Se prescindirá de los servicios de los distribuidores físicos de ejemplares, y las librerías se convertirán en librerías de viejo, con lo cual se producirá una situación paradójica: los establecimientos de toda la vida que compran y venden libros descatalogados, los que ahora registran menos ventas, serán los que tendrán más posibilidades de sobrevivir por su conocimiento del negocio y por la revalorización de sus productos, convertidos casi antigüedades. Si se cumple la máxima de que el dinero lo mueve todo, el papel perderá todo el protagonismo y quedará por debajo del formato digital. No seamos nostálgicos ni idiotas: si los e-books prometen la calidad y rigurosidad lingüística que ahora se está perdiendo, bienvenidos sean.