CRISTÓBAL RIPOLL
Hacía mucho que no disfrutaba de la noche mallorquina –el trabajo, que es muy tirano- por lo que sufría un atroz mono de jarana. Algo desesperado, analicé el surtido de entretenimientos isleños que me ofrecía la ´red de redes´ y encontré el remedio ideal a mi hambruna nocturna: En unas horas comenzaba en el Nuevo Pueblo Español el concierto de las velas del pianista David Gómez. Ya conocía al concertista trotamundos –que por cierto ha estado tres veces en Siria y ninguna en Sevilla– y sabía que sus actuaciones suelen impresionar, por lo que quedé con unas amigas francesas y me fuí para allí.
Las velas me acompañan A diez minutos de comenzar el recital me llamaron las susodichas francesas, avisándome de que esa noche me quedaba más solo que la una. Sin compañía, maté el tiempo paseándome entre las fachadas monumentales del Pueblo Español, alumbradas por las docenas de velas que decoraban el escenario.
Deambulando fue como conocí a Sebastián y Juan –fieles asistentes de los conciertos de Gómez– y a Marco Zardinoni, un galerista bastante ofendido porque la colección de obras de jóvenes promesas del arte pop que organizó no había recibido la atención adecuada. Debo reconocer que soy totalmente lego en el arte que popularizó Andy Warhol, pero la verdad es que las pinturas me parecieron bastante buenas.
Creador de atmósferas Hay que escuchar a David Gómez acariciar el piano para entender su concepción de la música. El concertista mallorquín disfruta creando ´atmósferas´ con las que conectar con quienes le escuchan. Es por eso que en el Pueblo Español no había otra luz que el íntimo resplandor de las velas y por lo que Gómez habló a su público como quien charla con un amigo.
Las cerca de 300 personas que ocupábamos la terraza del pueblo Español guardamos un sepulcral silencio mientras Gómez nos ofreció un variado recital en el que tuvieron cabida los clásicos, temas de las películas Amélie y El Piano e incluso algún tango de Piazzolla.
Todo se termina Al acabar el concierto decidí irme directo a casa. El trayecto de vuelta se me hizo corto; el Chopin de Gómez resonaba poderoso en mi cabeza, recordándome cuanto había echado de menos la noche mallorquina.