VANESSA SÁNCHEZ. PALMA.
Si se cerraban los ojos por un momento, uno podía imaginarse entre los entresijos de las bambalinas del Moulin Rouge. Bailarinas que corren de un lado a otro, que cambian de vestido en un segundo, que retocan sus tocados y que se transforman con el primer haz de luz de un potente foco. Un grito agudo y suena la música. Todos a bailar el cancán. Ayer, la magia del cabaret se trasladó a las puertas de El Corte Inglés de Jaume III para seducir a un público al que sólo le faltó brindar con champagne.
120 años de historia escrita y vivida en más de una veintena de trajes que recorren la vida del famoso cabaret construido en 1889 por Josep Oller en el Barrio Rojo de Pillage, inmortalizado por el pintor Toulousse-Lautrec y que año tras año es visitado por miles de turistas. Sobre la pasarela, tocados, plumas de boa, cientos de bordados, joyas y tacones de vértigo que hicieron olvidar el sofocante calor de una tarde que brilló más que nunca.
En su primera visita a España –y antes de su actuación en el hotel Blau Porto Petro prevista para el próximo viernes y sábado– las artistas del Moulin Rouge derrocharon erotismo y belleza sobre la pasarela.
Abrieron fuego tres sonrientes maniquíes cubiertas con grandes plumas coloridas -rosas, azules y rojas– en unos trajes diseñados en 1988 para la revista Formidable. Nueve mil por vestido que recibieron los primeros aplausos.
Llegó pronto una de las primeras joyas del equipaje. La Goulue, una de las más célebres artistas del cancán francés, lució un fastuoso diseño de 1891 y valorado en 10.000 euros. Puro satín que en nada envidiaba al Jane Avril, inspirado en la vedette de mismo nombre. 450 horas de trabajo, sólo tres ejemplares y un auténtico emblema del Moulin Rouge.
El ritmo impuesto por la música, divertida, conocida, no dejaba escuchar los piropos que buena parte del sector masculino del público lanzaba a las modelos. Y es que, a veces, la prenda era mínima, apenas unos collares que enseñaban mucha piel.
Pero sin duda, el momento estelar y más fotografiado lo consiguió Mistinguett, pieza cosida a mano en 1907 para el music hall. Vestido de crepe blanco y paillette con cientos de cristales Swarovski y que alcanza en el mercado los 20.000 euros.
Un pequeño muestrario del más alto glamour francés y símbolo emblemático de la noche parisina.