M. ELENA VALLÉS
No tengo ni idea de arte (¿y quién la tiene?). No sé reconocer un timo de una auténtica pieza con valor artístico. Y en cuanto a leyes tampoco soy ducha en conocimientos. Reconozco que tampoco sé diferenciar la hostia que propina un hombre heterosexual a la que arremete otro hetero. Sin embargo, los legisladores sí que saben al parecer medir el sexo y las orientaciones sexuales en las palizas ejecutadas a las víctimas y sus daños. ¡Y yo que creía que el sufrimiento era universal! El perjuicio siempre es mayor o menor dependiendo del ojo (y del color del ojo) que esté mirando.
La semana pasada se registró en nuestro país el primer caso de violencia conyugal en un matrimonio de homosexuales. La ley contra la violencia de género aprobada en el año 2004 sólo reconoce ciertos derechos a la mujer maltratada a los que no pueden acogerse víctimas similares, de otro o del mismo sexo, pero que no constituyen el matrimonio convencional entre heterosexuales. El contexto y las relaciones anímicas y afectivas que se establecen entre las parejas hetero y homosexuales son exactamente las mismas. ¿Que hay menos población estadísticamente del segundo tipo? Sí. Pero también hay menos ricos y las leyes y decisiones políticas siempre parecen favorecerles. La discriminación positiva puede que sea a veces necesaria, pero en esta ocasión comienza a provocar situaciones graves de marginalidad en otros colectivos que también viven en pareja. Esta discriminación positiva puede llegar a convertirse en una nueva forma de injusticia que a veces encalla en el disparate antidemocrático.
Zapatero se ha quedado a medias. Aprueba una ley en 2005 que autoriza a las personas del mismo sexo casarse, pero que en el fondo sigue sin conceder los mismos derechos a éstas que a una unión heterosexual. Muchas feministas abanderadas se las dan de progresistas. Seguro que muchas de ellas desearían que la ley se extendiera a estos colectivos. Pero yo miro a mi alrededor y no las he visto protestar ante este primer caso de víctima mortal homosexual a causa de la violencia doméstica. Qué torpes.
Vuelvo a recuperar para esta ocasión una reflexión de John Berger acerca del arte de legislar: "Hay leyes malas que legalizan la injusticia. Éstas hay que ignorarlas, oponerles resistencia. Pero, claro está, compañeros, nuestra resistencia es torpe".