M. ELENA VALLÉS
El taxi paró ante el barrio de pescadores reconvertido en zona de restaurantes, algunos de ellos para pijos aficionados a la cocina fraudulenta, a ésa que cambia de culpables sin echar de menos los remordimientos. No me apetecía quedarme merodeando por allí, así que le dije al conductor que siguiera hacia el este.
La barriada siguiente se identificaba perfectamente. La entrada al hotel Victoria estaba modificada, era de complejo caribeño. El efecto copy&paste del urbanismo había llegado hasta aquí. No faltaban el quiosco 24 horas, la sucursal bancaria y establecimientos de kebabs. Poca gente. Enojante. Estaba todo como enterrado, pese a que las estructuras permanecieran en pie. Calle abajo, pisos de lujo. Dejé de ver algunas casas antiguas que habían sido arrasadas, recogidas, cargadas en camiones y arrojadas de nuevo como relleno para las nuevas construcciones. Aquellos bares, como mares de narciso, en los que me había socializado, tomado copas, ligado y besado estaban cerrados a cal y encanto (el encanto siempre tiene algo de farsa). Muchos palmesanos deberían odiarse a sí mismos por la destrucción de ese barrio y por el disfrute que sienten tras el arrasamiento del espacio de esos sentimientos nostálgicos de clase media que versan sobre las primeras borracheras y los primeros orgasmos, tan sobrevalorados y silenciados en sus biografías insignificantes, y sobre los que luego se construyen pisos con vistas al mar que adquirimos a partir de un perfecto didactismo financiero. Reímos por barrios. En éste, sólo se lloraba. Esa noche, aquellas calles se habían convertido en una metáfora del mundo.
Todo este paseo iba unido a una sensación de acabamiento social y a la idea de que en Mallorca poseemos un talento especial para cagarla. Y, claro, uno no desperdicia nunca ninguno de sus talentos. Mientras, las 20 macroeconomías del mundo, representadas por sus líderes, mostraban su especial habilidad para reunirse y mostrarse ante el mundo. Como los mejores chefs de juguete, firmaban el acuerdo que salvaría la cocina económica mundial. Un plato tradicional con aspecto de refundación del capitalimo. Sifón de espumas inconsistentes. Y mientras, todos, tranquilos, atemorizados y amables como buenos alumnos de Relaciones Públicas, nos sentamos a cenar en esos restaurantes bienestantes del antaño barrio de pescadores, pidiendo agua en lugar de vino, y un plato en vez de dos.