M. ELENA VALLÉS
¡Oh, Libro, a pesar del tormento, déjanos pasar! (Juan Eduardo Cirlot)
A los poetas supremos uno puede fusilarlos siempre. Sus versos son atemporales y atópicos. Supervivientes. En este caso, Cirlot me ayuda a ilustrar la situación en la que se encuentran algunos editores de estas islas que, cuando la política también está en crisis económica y el acceso a las subvenciones se endurece, alzan voces de descontento contra la gestión del pacto de progreso, con cuya ideología han maridado siempre. Sin ayudas, el libro se ha convertido en su peor enemigo. La imaginación y el talento deberá sostener a los editores por encima de las penas económicas. Hay que agudizar el ingenio, como decía Quevedo. Y si no se tiene, a aplicar la máxima renacentista de copiar a los sabios, a otras editoriales pequeñas e independientes que sobreviven por la excelencia de su trabajo. El editor no es un productor cualquiera, debe aceptarlo, es un capitalista condenado a saber que no se enriquecerá nunca, paradoja y contradicción insultante. Para sobrevivir, méritos, pese a la dependencia psicológica que la subvención ha dejado en algunos de ellos. Y nada de desintoxicarse en clínicas públicas.
Vivimos en un país enfangado en las efemérides. Y no es de recibo. Los aniversarios ayudan a rellenar huecos a los periodistas culturistas, con suplementos que en raras ocasiones aportan enfoques novedosos al acervo intelectual. Las editoriales se lanzan, con más apoyos publicitarios que nunca, a publicar obras completas de consagrados desviando estos fondos para valores en alza. Las instituciones, lo mismo. Es la política del tapón. Los muertos fagocitan a los vivos. Me parece una novatada que 2009 vuelva a ser de nuevo Año Dalí. Desde 2004, todos los años han sido Año Dalí. En 2007, macroexposición sobre pintura y cine del de Figueras en la Tate Modern de Londres y en el MoMA. En 2006, publicación de sus obras completas. En 2008, otra muestra en Estambul. Así no avanzamos. Es la demagogia de la historia oficial, nunca real, pero aparentemente verdadera.
A los que acaban de salir de la Facultad de Periodismo: muchachos, en las clases de redacción periodística os enseñarán lo que debéis quitar en un texto, pero nunca lo que debéis poner.