JORGE BUCAY
El nacimiento de mi último libro, El elefante encadenado, me llevó otra vez a decidir acompañar sus primeros pasos, tal como se hace con un hijo que recién comienza a caminar. Y si bien la historia es antiquísima, si bien ha sido narrada cientos de veces por otros tantos contadores de cuentos alrededor del mundo (incluido yo mismo hace más de veinte años), si bien Internet se ha ocupado de hacerla conocida a casi cualquier lector del planeta; varios motivos me llevaron a estas presentaciones con renovado interés.
El primero es, por supuesto, que la historia en sí, es bellísima. El segundo, que narrada esta vez en primera persona e ilustrada magistralmente por Gusti, la edición está dirigida especialmente a los niños (de 5 a 99 años como dice la editorial). Y por último la trascendencia del tema central de la parábola. La situación del poderoso elefante que no escapa de su pobre amarra porque cree que no puede con ella, nos obliga a todos (grandes y chicos) a reflexionar acerca de los condicionamientos que nos impiden asumir con responsabilidad el desafío de ser cada vez más libres.
En las presentaciones (Mallorca, Vigo, Barcelona, Manresa, Madrid, Granada) hablé de la libertad, de sus alcances y de su importancia, la de una de las pocas cosas por las que valdría la pena dar la vida.
Me sorprendió, como otras veces, la confusión que aparece en la mente de la mayoría de nosotros cuando se nos plantea definir la libertad. Grabado en nuestro pensamiento está el concepto de la libertad como "ser capaz de hacer lo que uno quiera". Grave porque así definida, la libertad es imposible.
Durante todo el último mes, me ocupé con pasión de defender el concepto de una libertad real y tangible; lo cual implica diferenciarla de la omnipotencia. (Decía yo que algo debe decir de nuestra sociedad esta confusión que nos lleva a creer que debemos ser poderosos para poder sentirnos libres.
La libertad es nada más y nada menos que la posibilidad de elegir entre todas las alternativas que una situación plantea. Elegir entre un SI y un NO posibles, como lo propone Octavio Paz.
Nuestra capacidad de hacer tiene límites, claro, los nuestros recursos y los de nuestras limitaciones, pero eso nada tiene que ver con la libertad que necesitamos para realizarnos como personas.
No podemos ser felices sin ser auténticos y no podemos ser auténticos sin autonomía.
En el camino hacia esa conducta adulta no hay otra posibilidad que asumir la responsabilidad de elegir en cada momento cada acción y cada palabra, cada silencio y cada retirada.
En casi todas mis pláticas, llegado este punto, alguien levanta su mano para cuestionar esta limitación. Dentro de cada uno, me dice, todos somos absolutamente libres porque siempre puedo pensar lo que quiera, sin límites ni restricciones. Y yo contesto: Es verdad. Pero no sé si deberíamos conformarnos con esa libertad de pensamiento.
Dos de cada tres veces elijo explicarme contando esta historia.
Hace muchísimos años, una pareja dormía plácidamente en su sencilla casa, ubicada en una oscura calle de algún pueblo de oriente. En medio de la noche, ella se despierta sobresaltada, en el rudimentario entrepiso de madera donde está su cama, codea a su marido y le dice:
Siento ruidos abajo, deberías ir a ver,
El marido más dormido que despierto le dice que él no escucha nada y que vuelva a dormirse.
La mujer se anima a espiar por entre la barandilla y regresa a despertar al marido.
Son ladrones, querido. Están robándonos. Tienes que echarlos de la casa.
El hombre más perezoso que heroico, le dice:
¿Cómo me pides que baje. ? ¿Quieres que nos maten? Déjalos?¿Qué se van a llevar? las mantas raídas que hay en la sala?¿La leña cortada?¿El banco desvencijado que pensábamos cambiar?
La mujer se queda quieta por unos momentos, pero luego vuelve a espiar y regresa a zarandear al marido.
Ahora sí deberás bajar, están cargando el arcón donde guardamos el poco dinero de tu paga, donde está la vajilla de los días de fiesta, en el que guardamos las pocas cosas de valor que tenemos, la pulsera que me heredó mi madre, los collares que me compraste hace años.
No te preocupes - dice él, con mucha calma - No hay peligro. Tengo todo controlado...
Pero... -intenta decir ella.
Shhhhh... - le dice él, acompañando el sonido con un gesto.
Ambos ven, por la ventana, cómo los ladrones cargan entero el arcón en una carreta y se lo llevan.
¿Te das cuenta de lo que has hecho?- recrimina la mujer gritando- todo lo que teníamos está ahora en manos de esos malditos ladrones... Y tú... tan tranquilo!
Ya te dije que no te preocuparas... - dice el hombre abriéndose la camisa de dormir - Mira aquí... colgando de mi cuello...¿No te das cuenta?... La llave del baúl, la tengo yo.
La libertad de pensamiento es importante, quien lo duda, pero quedarse con esa posibilidad, sin la libertad de hacer o de decir, es como conformarse con tener la llave y haber perdido el baúl.