Concurso de Relatos Breves/bellver

La partida

 
La partida
La partida Ilustración: Raúl Sanz

PEDRO MARTORELL VALLESPIR Entré por primera vez en el castillo de Bellver custodiado por dos guardias con los que apenas crucé dos palabras. El mayor de ellos, de pelo ceniciento, me antecedía caminando ostentosamente encorvado con un ruidoso manojo de llaves en la mano derecha. Portaba el mosquetón colgado de su hombro izquierdo por una cincha de cuero trenzado, casi negra por el uso, que asía fuertemente como queriendo evitar que el cañón le venciese y le enderezara milagrosamente. El que me precedía -un jovenzuelo de tez aceitunada, cabello negro, astracanado, y cejas gruesas- arrastraba mi pesado baúl con la ropa, los libros y los escritos que me acompañaban desde la Cartoixa, y que recogían casi trece meses de cautiverio en Valldemossa.
Valldemossa es un pueblecito situado al norte de Mallorca flanqueado por montañas abruptas que la gente domestica construyendo bancales repletos de olivos huesudos y retorcidos. La mar, cercana, permanece casi siempre calma en verano; en invierno, empero, se torna bravía si arrecia la tramontana. El estruendo de las olas trepando por los acantilados -espuma de perro rabioso- me transportaba al cerro de Santa Catalina, a cabo Peña o a cualquier otro lugar del litoral asturiano. Las montañas son verdes; no del verde empapado de mi tierra, sino del verde seco del pino, del acebuche y de la encina. Los abundantes encinares dejan escapar pequeñas columnas de humo blanco y denso, casi sólido, que nacen de sitges -lugares donde se obtiene carbón vegetal gracias a la combustión lenta de la madera, que se consigue tapándola de tierra-, y forns de calç -lugares donde se obtiene cal a base de calentar piedra caliza a altas temperaturas-.
El guardia giró la llave y empujó la pesada puerta. Se apartó educadamente y entré en lo que iba a ser mi hogar durante casi seis largos años. Era una celda austera presidida por una cama con un dosel sostenido por cuatro robustas columnas salomónicas. Al aproximarme comprobé que el dosel y el faldón -que rodeaba el colchón- se habían elaborado con una tela estampada con unos dibujos parecidos a unas llamaradas blancas y azules que los lugareños denominaban llengos. A ambos lados, sendas mesillas con sus respectivos candelabros. Sobre una de ellas una pluma, un tintero, y un montoncillo de hojas (que decidí tomar como obsequio de bienvenida). La única mirada al exterior la constituía una ventanuca abierta en el centro de una hornacina horadada en el muro a la que se accedía salvando un par de escalones. Si uno subía, quedaba flanqueado por dos bancos de piedra enfrentados, de respaldo recto. La decoración la completaban media docena de sillas y un tapiz raído que representaba el momento álgido del desembarco del rey Jaume I en Santa Ponça, en medio de una gran batalla naval.
Me despedí de mis guardianes -el más joven todavía recuperaba el resuello- y me dejé caer sobre el colchón. Un instante antes de cerrar los ojos descubrí un diminuto crucifijo sobre mi cabeza -parecía un vigilante enviado por la Santa Inquisición-, y caí rendido en brazos de Morfeo extenuado por el viaje largo y caluroso, a pesar de que corrían los primeros días de mayo.
Desconozco cuánto tiempo pasó hasta que el ulular de una lechuza interrumpió mi sueño. Al acercarme a la ventana descubrí que ya era de noche y que la luna era un sable blanco en el cielo de Palma. Me senté en el escritorio y encendí el candil -alargándose la sombra del crucifijo, que cobró un aspecto más amenazador todavía- cogí la pluma y alumbré los primeros renglones desde mi celda:

"Una luz azulada nace de la ventana y se apodera de la estancia que me sirve a la vez de dormitorio y despacho. La misma luz que se enreda entre las copas de los pinos o se desparrama sobre los tejados de las primeras casas de la ladera. A lontananza, las lechosas aguas de la bahía reflejan la fantasmagórica catedral embarrancada".

En un principio el cautiverio en el castillo fue más severo que el sufrido en la cartuja de Valldemossa, aunque paulatinamente conseguí aumentar la frecuencia de mis salidas al bosque, las tertulias con algunos nobles de Palma, o los baños en las tibias aguas del Mare Nostrum que, por cierto, tanto bien me hicieron, y la vida se me hizo más llevadera.
Tras el almuerzo acostumbraba a dormir una breve siesta y después recibía a los contertulios, en mi propia estancia, donde departíamos sobre literatura, pintura, ciencia, e incluso sobre política. Charlábamos sin prisa hasta que el sol se colaba por la ventana incendiando el tapiz que cubría la pared: las naves, los moros, los cristianos, los donceles, los bosquecillos del fondo, el propio rey, parecían envueltos en un infierno de llamas y el conjunto cobraba un realismo sobrecogedor. Josep Verí o Josep Togores subían a sus carruajes y regresaban a sus ´casas´ -como modestamente se referían a sus palacios- procurando no verse sorprendidos por la noche, ni por los abundantes salteadores que acampaban a las puertas de la ciudad. Cuando a través de la saetera veía desaparecer a mis invitados en la penumbra del camino, me convencía de que Godoy me había desterrado a un lugar donde sus gentes llevaban ya mucho tiempo desterradas, lo que despertó en mí un sentimiento de solidaridad -que acabó por tornarse recíproco- y me invitó a escribir sobre sus costumbres, sobre su lengua, sobre su arquitectura, o sobre la flora y fauna de sus bosques.
Por las mañanas solía dar largos paseos por senderos que serpenteaban entre lentiscos, majuelas, aliagas, y otros pequeños arbustos que coloreaban el bosque durante la época de floración; sin embargo, los días lluviosos, o cuando el calor o el frío apretaban, prefería permanecer en el castillo y participar de los corrillos que se formaban en el patio de armas, donde corrían todo tipo de intrigas y chascarrillos sobre Carlos IV y su valido.
Durante mi destierro gocé de la generosidad de los dos vigilantes a los que se responsabilizó de mi custodia desde el día de mi llegada. A ellos les culpo de colarme en mis aposentos un perrillo nervioso, negro, de pelo corto y orejas enhiestas, sin rabo, y que pertenecía a una raza autóctona llamada ca rater -perro ratero, pues al parecer era capaz de realizar las funciones de un gato-. Piccolín, que así le llamé por su tamaño diminuto, me acompañaba en mis paseos y me incordiaba durante las largas noches que dedicaba al estudio y a la escritura. Nada conseguí sacar a tan peculiares carceleros sobre tan sorprendente aparición...
Tomeu y Rafel vivían en una estancia cercana a la mía y, con el devenir de los días, sellamos una entrañable amistad, plagada de confidencias. Tomeu -así se llamaba el mayor de ellos- no sabía leer ni escribir, hablaba mal el castellano y confesaba haber vivido feliz en el castillo, donde tenía aseguradas dos comidas y un techo sólido donde cobijarse, algo difícil de encontrar en los tiempos que corrían. Rafel era el único hijo de Tomeu, quien había conseguido que ingresara en el cuerpo de guardia y compartiera sus aposentos. A diferencia del padre, Rafel denotaba un espíritu curioso, inquieto e inconformista. Me taladraba con sus ojos negros, chispeantes, cuando le explicaba la mecánica del vuelo de los pájaros, o en las noches de la canícula le enseñaba a localizar la Polar entre un mar de estrellas. De vez en cuando, si me suponía dormido, entraba en mi dormitorio y revolvía los papeles que se extendían sobre mi mesilla. En alguna ocasión, mi joven custodio pasaba más tiempo de la cuenta frente a los papeles, entonces su padre se apresuraba a censurar sus comprometedoras acciones y lo sacaba de la celda sin contemplaciones.
El día de la Candelaria de 1808 el bosque de Bellver amaneció enharinado, cubierto por una frágil capa de nieve. Esa mañana alguien tocó a mi puerta antes de la hora habitual y la empujó con cautela. Enseguida reconocí la silueta de Rafel, que me rogó que le acompañara a ver a su padre. Al parecer había caído enfermo, probablemente debido a las bajas temperaturas de los últimos días. Le acompañé a través del curvilíneo pasillo hasta su dormitorio, junto a las cocinas del servicio.
Desde algún lugar de la oscuridad de la alcoba nacía una respiración lastimosa y líquida. Cuando los ojos se adaptaron a aquella penumbra, descubrí a Tomeu tumbado sobre un camastro con claros síntomas de fiebre: convulsiones, tiritona y un rostro de cera empapado en sudor. Hice una señal a su hijo indicándole que saliese de la habitación.
-De momento es imprescindible que vaya a comprar tilo, salvia, marrubio y tomillo para preparar una tisana. Compre también eucalipto y tusílago para hacer vahos, le ayudará a respirar -añadí extendiéndole unas monedas.
-No sé cómo agradecérselo? -dijo guardándoselas en la guerrera.
-No adelantemos acontecimientos, corra al herbolario.
En las postrimerías de la primavera los rumores sobre mi indulto se acrecentaban y los más aventurados -como Josep Barberí o Lluis de Villafranca- aseguraban que el fin de mi exilio estaba próximo, que no pasaría un nuevo verano en la isla. La vida en el castillo era cada día más relajada y las reuniones con las autoridades de Palma cada vez más frecuentes. Pero todas esas optimistas noticias se veían ensombrecidas por el mal estado de salud de Tomeu, que continuaba postrado en su lecho sin experimentar mejora alguna. Entonces tomé la decisión de llamar a un joven médico instalado en El Terreno, a una legua escasa del castillo.
El médico llegó en un coche reluciente tirado por un magnífico caballo alazán. Era joven de buena fachada, elegante, tocado con un sombrero negro rematado con una tornasolada pluma de faisán. Antes de entrar en el dormitorio se descubrió con solemnidad. En la mano derecha portaba un maletín que depositó a los pies de la cama. Luego cogió la muñeca al enfermo y le tomó el pulso sin encontrar ninguna oposición por parte de Tomeu, que parecía como si la cosa no fuera con él. Después el médico revolvió en el maletín y sacó una trompetilla que aplicó sobre el pecho del paciente y se la acercó al oído para escuchar con más nitidez, si cabía, aquella fatigosa respiración. Al acabar se secó las manos con un pañuelo, momento que aproveché para detallarle las hierbas que se le habían sido administrado, sin éxito. Entonces el médico sacó una cuartilla, una pluma y un tintero, y comenzó a escribir sin mediar palabra. Una vez extendida la receta estampó su rúbrica y me la entregó.
-Las hierbas que se le han administrando no pueden hacerle ningún mal, al contrario, pero resulta perentorio administrarle Kalium iodatum, ioduro potásico, así como ocho gotas de tintura de própolis sobre un pedacito de miga de pan; tres veces al día. El farmacéutico del castillo lo preparará todo.
Después recogió los bártulos, se ajustó el sombrero y, ya en el umbral de la puerta, me estrechó la mano:
-Un auténtico honor haber conocido a tan ilustre caballero.
El 19 de mayo de 1808 amaneció soleado y ventoso. Desde lo alto de la torre del castillo se podía tocar el monte de Cura, el cabo Enderrocat, el cabo Blanc y la figura aplastada de Cabrera casi fundida con la línea del horizonte. Se podían acariciar las agujas del campanario de Santa Eulalia y los arbotantes de la Seu, todo bajo un cielo inalcanzable. La bahía lucía una paleta completísima: del azul cobalto de las aguas de la rada del puerto, al verde esmeralda de las lejanas playas del Arenal. A esas horas el paisaje también se veía salpicado de velas latinas refulgentes.
Al filo del mediodía, las inmediaciones del castillo comenzaron a llenarse de gentes que alborotaban y vitoreaban mi nombre, y la autoridad mandó reforzar la guardia. Luego vinieron a despedirse nobles, políticos y representantes del clero, pero Rafel no apareció en toda la mañana.
Había llegado el momento de la partida. Me acomodé en el coche que me esperaba en la puerta. El cochero hizo chasquear el látigo y los caballos echaron a andar camino del puerto. No pude reprimir una última mirada hacia el puente levadizo, en un vano intento de despedirme de mi guardián y discípulo, pero sólo alcancé a discernir la fortaleza esfumándose tras la polvareda: por primera vez, me sentí realmente solo. Bueno, viajaba con Piccolín, que saltaba inquieto de ventana a ventana, como si buscase en el exterior una respuesta a nuestro inusitado viaje. De pronto el carruaje se detuvo bruscamente en una encrucijada. Asomé la cabeza por la ventanilla y descubrí a mi cochero de pie sobre el pescante con el sombrero sobre el pecho, en actitud solemne. Entonces, en algún lugar, nació un traqueteo cansino; poco después una carreta tirada por una mula vieja que una figura conducía a pie, tirando del dogal. Abrí la puerta y Piccolín salió desbocado sin atender a mis reiteradas llamadas y, en unos segundos, del can apenas quedaba una estela de exánimes ladridos.
Bajé del coche. La carreta desvencijada pasó a mi lado y pude comprobar que transportaba un mísero ataúd, sin la tapa puesta, como fuere costumbre en esa tierra, como si ese último paseo hacia el cementerio mereciera un último vistazo al cielo de Palma. En el interior viajaba el cadáver de Tomeu tambaleándose a cada bache del camino. Daba la sensación de que la caja, demasiado ancha para un cuerpo tan afilado, hubiera pertenecido a un difunto mucho mejor alimentado. De haber corrido el mes de septiembre, Tomeu hubiese gozado con las evoluciones de los estorninos, pero en los postreros días de mayo debía conformarse con el nervioso zigzagueo de los jóvenes vencejos. El difunto había sido amortajado con el mismo uniforme que portó durante todo mi cautiverio, aunque despojado del manojo de llaves y el mosquetón. El pañuelo atado alrededor de su cabeza luchaba por mantenerle cerrada una boca que continuaba empeñada en atrapar alguna bocanada de aire. Regresé al carruaje y mandé azuzar a los caballos.
No nos detuvimos hasta llegar al muelle de Porto Pi, donde permanecía atracado el Albatros, el bergantín iba a llevarme de regreso a la Península. Una muchedumbre enfervorizada se agolpaba por toda la ribera -a duras penas podía abrirme paso entre tanto apretón de mano, entre tanto abrazo-. Por fin gané la pasarela y subí a bordo, donde me esperaba el capitán presto a darme la bienvenida. Fui agasajado con un opíparo almuerzo que compartí con una nutrida representación de autoridades y amigos.
Al caer la tarde se levantó un alegre viento de levante y el capitán dio por acabada la fiesta, despidió a los invitados y mandó zarpar de inmediato. La marinería izó las velas del trinquete, se largaron amarras y el Albatros abandonó el puerto lentamente, rodeado de centenares de embarcaciones que nos escoltaron hasta la bocana. Al salir del abrigo del puerto se izó todo el trapo y el bergantín confirmó la fama de veloz que le atesoraba. La Catedral, el castillo de Bellver, el promontorio de San Carlos, se alejaron rápidamente hasta fundirse con un paisaje plomizo y, cuando quise darme cuenta, ya nada quedaba de ellos, si acaso el recuerdo. Navegamos a buen ritmo, directamente hacia un enorme sol que teñía las olas, con una empopada limpia, abriéndonos paso entre una leve mar tendida que hacía cabecear levemente la nave. Al doblar el cabo de Cala Figuera decidí abandonar la cubierta y retirarme a mi camarote.
Pasé largas horas intentando conciliar el sueño, tumbado sobre la litera, repasando la galería de imágenes de Mallorca acompañado del crujido de baos, cuadernas, y del barbullido de las olas deslizándose a lo largo del casco del barco. Mecido por el suave vaivén que provocaban las olas que nos entraban por el través, acabé por caer profundamente dormido. De súbito un griterío me despertó con gran sobresalto. Me levanté precipitadamente, atravesé el pasillo y me asomé a la cubierta donde el capitán permanecía impávido junto al timonel.
-¿Algún problema, capitán? -grité desde la puerta, asomando la cabeza con alguna precaución.
-¡Nada nuevo, Don Gaspar! -respondió con voz grave, algo gutural-. Bajo la lona de uno de los botes salvavidas -señaló con la pipa- hemos descubierto un polizón. Supongo que habrá aprovechado la confusión que reinaba en el puerto de Palma para mezclarse entre la tripulación -explicó acariciándose una barba cana, perfectamente recortada.
-Entonces, si no hay nada que temer, volveré a la cama, no vaya a pillar una pulmonía -le respondí señalando mi camisón.
-¿Sabe una cosa? -me preguntó sin darme tiempo a cerrar la puerta-. En mis largos años de navegación por estos mares de Dios, es la primera vez que doy con un polizón que viaja con un perro?
Luego soltó una carcajada que pareció enredarse entre la jarcia, portada por una larga ráfaga de viento.

En algún lugar del Mare Nostrum, entre Mallorca y Barcelona, a bordo del Albatros, a 19 de mayo de 1808.

Jovino

Pedro Miguel Martorell Vallespir nació en Palma de Mallorca en 1965. En la actualidad trabaja como funcionario de la CAIB. Recientemente ha finalizado su primera novela, titulada ´La diligència de l´abisme´. En el año 2002 fue finalista del Premio AMIBA de relatos breves.

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