CARLES MULET. PALMA.
Una posible escena del universo recopilado por León López. Pelirroja Barbie con aires de Jane Fonda flirtea con un Ken de inocente rostro. La pareja emana juventud, a pesar de que Mattel los concibió en 1960. No muy lejos, un veterano Madelman dirige su seductora mirada a una de las primeras Mariquita Pérez de la historia. La española, ataviada con un poco elegante camisón, le ignora, más ocupada en atender al bebé que descansa en su cama complemento. Testigos directos, dos francesas Boudoir de naturaleza vintage. También un corrillo de elegantes mujercitas, carita de porcelana, con denominación de origen alemán -Simon & Halbig- y galo -Jules Steiner-.
León López enseña su colección de muñecas con la misma ilusión que las ha ido coleccionando. "Modesta", repite con frecuencia refiriéndose a una compilación que, tras un cuarto de siglo, suma centenar y medio de peponas. Barbies al margen, matiza. Amante de las antigüedades, una madrileña amistad, muy docta en el tema, le empujó a un coleccionismo que "engancha", confiesa entregado, mientras ejerce de guía en una pequeña habitación del centro de Sóller repleta de inmóviles anfitrionas. Son las chicas las que gustan de jugar con muñecas, sin embargo, "son los hombres los que las coleccionan", descubre.
No se arrepiente de nada este manchego afincado en la isla desde hace diez años. Acaso, "de no haber comprado" alguna de las piezas que sus ojos han visto pasar. "Los precios se han disparado", asevera este experto buceador de rastrillos y tiendas especializadas. Internet, revela, una buena alternativa para pujar, subasta virtual mediante, por hacerse con uno de estos deponentes del pasado. De precios concretos, eso sí, prefiere no hablar. "No es lo importante", se justifica discreto.
"No colecciono las muñecas por su valor. Es su expresión, su mirada, la que me enamora". El coleccionismo de López responde más a un ejercicio de impulso y visceralidad que no a un afán por recopilar piezas imprescindibles de valor incalculable. Que también las tiene. "Cada muñeca es testigo de un pasado. Sus inamovibles pupilas acumulan datos, experiencias personales de otra época", añade entre la excitación propia de un coleccionista y la melancolía a la que invitan sus muñecas.
Las joyas de la corona
No le gusta a León López destacar ninguna muñeca por encima de las otras. Todas tienen algo para él. Algunas, eso sí, merece la pena nombrarlas. Como una "fea" muñeca maniquí, en piel de cabritilla. Las modistas francesas la usaban en 1850 para vestir sus colecciones -a escala, a modo de muestrario- para que las ricachonas americanas pudieran ver sus últimas creaciones. También merecedoras de unas líneas, dos muñecas japonesas de tela años cuarenta. Y un pequeño boyscout, fabricado en papel maché, de la década de los veinte. Y una de las americanas Shirley Temple de 1934. Y una Madame Alexander de 1930. O una alemana Alt Beck, última adquisición de López, que reposa en su carricoche.
Su gran pasión, confiesa el coleccionista el biscuit, la porcelana. Bien representada ésta en ejemplares franceses -Jules Steiner, Pier Jumeau o Favorite- y alemanes, S & H, Gebruder Heubach, Armand Marseille o Kamer Reinardt. "Alemania y Francia fueron dos fabricantes muy importantes", apunta. "La finura, la elegancia de sus muñecas es única".
Un coleccionismo tranquilo
No ha sido constante León López en su ejercicio de acopio. "He pasado largas temporadas sin comprar nada", admite, aunque, tarde o temprano, vuelve, irremediablemente, a gastarse los dineros. "Hasta que me canse", asegura, "que no se si nunca pasará".
A la restauración de algunos ejemplares también le ha dedicado mucho tiempo el coleccionista. "No soy un profesional", admite humilde, aunque es necesario ponerse en ocasiones. Ha llegado a comprar sólo cabezas. O figuras incompletas, sucias. Desnudas o vestidas con andrajos. Sin pelo. Sin extremidades. Con la gomas flojas, o sin ellas. Todo por amor.